Hace ya varios años adquirí un texto de consulta llamado Curso Práctico de Periodismo, el autor era Luis A. Romero. Revisando sus páginas, casi al inicio en una hoja en blanco encontré un artículo periodístico pegado en ella. El autor era Guillermo Cortez Nuñez. Me llamó la atención y empecé a leerlo y debo decir que el maestro que escribió el artículo esclareció varias dudas y al mismo tiempo me alentó a seguir la carrera. Especialmente me alentó a escribir.
A continuación les presento el texto, sin ninguna corrección o edición, para que lo leean y al mismo tiempo lo disfruten.
Un joven del callao me pidió orientación. Está frente a una alternativa; por un lado siente la vocación del periodismo, por el otro su padre le ofrece un puesto seguro y de porvenir en Tumbes. La consulta, entiendo yo se refiere a que le hable sobre las posibilidades del periodismo.
Es difícil pronunciarse definitivamente. Si le dijera que ésta es una profesión llena de satisfacciones, le mentiría. Tampoco sería cierto si le tratara de ocultar lo fascinante que suele ser el trabajo de un hombre de prensa.
Podría hablarle en términos generales. Decirle lo dicho en otra oportunidad: que el periodista, como al médico, el abogado y al sacerdote, se le presenta el hombre en toda su grandeza y en toda su miseria; en toda su alegría y en todo su dolor, hundido en el mayor abatimiento y aferrado en la más dulce esperanza.
A través de la noticia llegan hasta la mesa de redacción desde el drama pavoroso de un asesinato múltiple, hasta la simple escaramuza delictiva del ladrón de gallinas; desde la angustiada solicitud del provinciano al que le robaron su cartera y sólo pide le devuelvan su libreta electoral.
Un periódico es un mostrario sorprendente y abrumador de emociones, circunstancias y sucesos. El reportero se ve obligado a mantener un permanente diálogo con la vida misma a través de sus expresiones más insólitas y rutinarias. Como si fuera un confesionario mecánico, por la máquina de escribir pasan todos los pecados: el impaciente que quiso convertirse en millonario de la noche a la mañana realizando cuantiosa estafa; el depravado que empujado por la ignorancia y la lujuria cometió la más vil de las acciones.
Gigantesco escaparate de ambiciones y vanidades llegan también hasta el periódico todos los intentos de figuración: el político que quiere impresionar a sus comprovicianos con un interés por los problemas de su tierra que en el fondo no siente; el futbolista que sueña con ser incorporado a la Selección Nacional; la cantante que persigue un buen contrato; la chica de medio pelo que quiere meter de contrabando la noticia de su cumpleaños en la página social.
En los momentos de soledad volvemos a pensar en todas las noticias que pasaron por nuestras manos y hacemos un examen de conciencia de nuestra tarea. Hallamos satisfacciones y amarguras. En muchas ocasiones hemos contribuido a esclarecer la verdad o evitar una injusticia. Lamentablemente, otras veces, sin quererlo, tan sólo por referir un hecho ingrato, causamos dolor a otras personas.
Es difícil, pues, aconsejar a un joven que siga o no la carrera del periodismo. Más tarde puede sentirse un apóstol o un orientador de multitudes; un triunfador o un amargado...