domingo, 30 de diciembre de 2018

Y un día le arrebataron la vida

Y un día despertó y se encontró que de un solo tajo le habían arrancado sus sueños. Le habían arrebatado su vida, su hogar y se vio caminando tomada de la mano de su hija mayor y cargando a la más pequeña por una de las tantas carreteras colombianas con rumbo hacia el Perú. A la espalda llevaba una pesada mochila con todo lo que pudo rescatar del hogar que debieron dejar. “Toda mi vida y la de mi familia metida en una mochila, nunca lo pensé. Qué aterrador. Siempre pensaba eso a mí no me pasará y aquí estoy, viviendo una de las tantas historias de los migrantes en todo el mundo. Ahora entiendo a los sirios y a los africanos, a quienes una vez critiqué por abandonar sus hogares para ir a pasar penurias en otro país. Mi boca me castigó, pero no hay marcha atrás, a seguir adelante”, comenta una joven venezolana de 30 años a quien llamaremos Karina y que ya tiene en la ciudad de Chiclayo unos seis meses.
Recuerda que en su natal Venezuela ella era una profesional de éxito. Su carrera como periodista estaba en ascenso, hasta que llegó Maduro y terminó por ‘destruir’, según ella, todas sus esperanzas. Terminó de cerrar los pocos medios de comunicación independientes que existían en Venezuela y se quedó en la calle. Su esposo, un ingeniero de sistemas, también perdió su trabajo y el poco dinero que tenían se les acabó. Debieron vender las pocas propiedades que tenía para subsistir y de pronto salió a la luz una oportunidad de mejoría.
Su esposo le contó que existía la posibilidad de que él pueda viajar al Brasil a trabajar. Ella un tanto renuente le dijo que lo pensaría y que luego tomarían la decisión. Creían que se iría de Venezuela toda la familia, pero su esposo le dijo que no, que él partía primero y que una vez establecido enviaría por ella. Y así ocurrió. Partió hace ya dos años y desde ese entonces no ha vuelto a saber nada de él. Como pudo mantuvo a su familia y cuando ya lo había perdido todo, decidió hacerse a las carreteras venezolanas y empezar a caminar hacia Colombia.
De tumbo en tumbo, unos días caminando y otros recibiendo jales de algunos transportistas, pudo llegar a su destino. Ya en tierras cafetaleras trabajó por unos meses, juntó todo el dinero que tenía y decidió continuar su viaje hacia el Perú, para ella su tierra prometida pues muchos de sus compatriotas le habían contado que ellos tenían mejores oportunidades que en otros países del continente. La gente no era tan mala como en otras naciones, le habían contado.
Con sus sueños nuevamente en marcha, contrató los servicios de una empresa de transportes colombiana que los llevaría hasta Lima, Perú, pero ni siquiera llegó a la frontera, pues con el achaque que el bus se malogró los dejó en una ciudad desconocida, y así nuevamente echó su mochila a la espalda cargó a su hija más pequeña y tomó de la mano a las más grande y empezó a caminar. Fueron días terribles, un infierno. Vivía de la caridad y nunca faltaron las propuestas indecentes, pero se mantuvo estoica, por los suyos, por su dignidad.
Al cabo de semanas de caminata llegó a la frontera con Perú y se repetía una y otra vez, “todo va a estar bien, lo vas a lograr, resiste por tus hijas”. Después de dormir unos días a la intemperie en la zona fronteriza de Perú por fin pudo ingresar a tierras peruanas y empezó nuevamente a caminar. Lo hizo por días y en el trayecto hacía algunos trabajitos que le permitió subsistir. A veces era trabajo por comida y nada más.
Por fin llegó a Chiclayo, ciudad recomendada por sus conciudadanos que se encontraban trabajando en la Capital de la Amistad. Ya la esperaban. Le dieron un pequeño cuarto en donde debió acomodarse con sus hijas. Por fin pudo tomar una ducha decente y asear como se debía a sus pequeñas. Tenía al menos un techo sobre la cabeza. Al día siguiente debía levantarse temprano para trabajar. No había descanso. Uno de sus amigos le consiguió trabajo en una tienda. Por fin algo, pensaba, pues ganaría dinero para sobrevivir.
De eso hace ya unos meses. Ya no quiere hacerse una vez a las carreteras. Quiere quedarse en Chiclayo en donde está construyendo un nuevo hogar. Éste 2019 espera poder poner en el colegio a su hija mayor, quien se ha adaptado rápido a la agitada vida chiclayana. Ve a sus hija nuevamente sonreír y ella también sonríe. Empieza a recobrar la felicidad arrebatada, los sueños robados, la vida perdida.