domingo, 18 de agosto de 2019

Caminante


Caminé día y noche, caminé para acercarme más a ti,
camino sin freno, sin medida ni consecuencia,
sólo caminé para llegar a ti.
En esa ida sin venida encontré a los que quería,
pude ver y conversar con el alma de papá
y me contó algunos secretos.
Me susurró al oído y me dijo: sigue caminando,
no quiero revelar lo dicho, ahora es mi secreto.
Y seguí caminando día y noche sin freno
hasta lograr alcanzar el inicio del horizonte.
Estoy cansado, agotado y mis pies no lo saben,
lo saben mis zapatos rotos y desgastados
que ya poco pueden proteger mi andar.
Ya estoy cansado pero mi andar no se detiene
quiere seguir hasta llegar al final del camino
para lograr el horizonte y alcanzar la luz
antes que se desvanezca.
Caminé, caminé día y noche sin descanso
y no pude encontrarte.
Caminé hasta el borde del fin del mundo,
hasta donde el cielo y la tierra se une
por la caída inmensa de una cascada
y no te encontré.
Mi camino se hizo largo y tedioso
pero al final me cansé y me detuve
y fue cuando al final te alcancé.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Y un día le arrebataron la vida

Y un día despertó y se encontró que de un solo tajo le habían arrancado sus sueños. Le habían arrebatado su vida, su hogar y se vio caminando tomada de la mano de su hija mayor y cargando a la más pequeña por una de las tantas carreteras colombianas con rumbo hacia el Perú. A la espalda llevaba una pesada mochila con todo lo que pudo rescatar del hogar que debieron dejar. “Toda mi vida y la de mi familia metida en una mochila, nunca lo pensé. Qué aterrador. Siempre pensaba eso a mí no me pasará y aquí estoy, viviendo una de las tantas historias de los migrantes en todo el mundo. Ahora entiendo a los sirios y a los africanos, a quienes una vez critiqué por abandonar sus hogares para ir a pasar penurias en otro país. Mi boca me castigó, pero no hay marcha atrás, a seguir adelante”, comenta una joven venezolana de 30 años a quien llamaremos Karina y que ya tiene en la ciudad de Chiclayo unos seis meses.
Recuerda que en su natal Venezuela ella era una profesional de éxito. Su carrera como periodista estaba en ascenso, hasta que llegó Maduro y terminó por ‘destruir’, según ella, todas sus esperanzas. Terminó de cerrar los pocos medios de comunicación independientes que existían en Venezuela y se quedó en la calle. Su esposo, un ingeniero de sistemas, también perdió su trabajo y el poco dinero que tenían se les acabó. Debieron vender las pocas propiedades que tenía para subsistir y de pronto salió a la luz una oportunidad de mejoría.
Su esposo le contó que existía la posibilidad de que él pueda viajar al Brasil a trabajar. Ella un tanto renuente le dijo que lo pensaría y que luego tomarían la decisión. Creían que se iría de Venezuela toda la familia, pero su esposo le dijo que no, que él partía primero y que una vez establecido enviaría por ella. Y así ocurrió. Partió hace ya dos años y desde ese entonces no ha vuelto a saber nada de él. Como pudo mantuvo a su familia y cuando ya lo había perdido todo, decidió hacerse a las carreteras venezolanas y empezar a caminar hacia Colombia.
De tumbo en tumbo, unos días caminando y otros recibiendo jales de algunos transportistas, pudo llegar a su destino. Ya en tierras cafetaleras trabajó por unos meses, juntó todo el dinero que tenía y decidió continuar su viaje hacia el Perú, para ella su tierra prometida pues muchos de sus compatriotas le habían contado que ellos tenían mejores oportunidades que en otros países del continente. La gente no era tan mala como en otras naciones, le habían contado.
Con sus sueños nuevamente en marcha, contrató los servicios de una empresa de transportes colombiana que los llevaría hasta Lima, Perú, pero ni siquiera llegó a la frontera, pues con el achaque que el bus se malogró los dejó en una ciudad desconocida, y así nuevamente echó su mochila a la espalda cargó a su hija más pequeña y tomó de la mano a las más grande y empezó a caminar. Fueron días terribles, un infierno. Vivía de la caridad y nunca faltaron las propuestas indecentes, pero se mantuvo estoica, por los suyos, por su dignidad.
Al cabo de semanas de caminata llegó a la frontera con Perú y se repetía una y otra vez, “todo va a estar bien, lo vas a lograr, resiste por tus hijas”. Después de dormir unos días a la intemperie en la zona fronteriza de Perú por fin pudo ingresar a tierras peruanas y empezó nuevamente a caminar. Lo hizo por días y en el trayecto hacía algunos trabajitos que le permitió subsistir. A veces era trabajo por comida y nada más.
Por fin llegó a Chiclayo, ciudad recomendada por sus conciudadanos que se encontraban trabajando en la Capital de la Amistad. Ya la esperaban. Le dieron un pequeño cuarto en donde debió acomodarse con sus hijas. Por fin pudo tomar una ducha decente y asear como se debía a sus pequeñas. Tenía al menos un techo sobre la cabeza. Al día siguiente debía levantarse temprano para trabajar. No había descanso. Uno de sus amigos le consiguió trabajo en una tienda. Por fin algo, pensaba, pues ganaría dinero para sobrevivir.
De eso hace ya unos meses. Ya no quiere hacerse una vez a las carreteras. Quiere quedarse en Chiclayo en donde está construyendo un nuevo hogar. Éste 2019 espera poder poner en el colegio a su hija mayor, quien se ha adaptado rápido a la agitada vida chiclayana. Ve a sus hija nuevamente sonreír y ella también sonríe. Empieza a recobrar la felicidad arrebatada, los sueños robados, la vida perdida.

martes, 30 de octubre de 2018

señor


Señor ten piedad de mí. Escucha mi plegaria
y dame pronto una respuesta.
Señor tenme paciencia, pues sé que levanto el brazo
y cierro mi puño en señal de reniego.
Señor creo en ti.

Adicción


Soy a dicto a ti, a tus extraños gustos por la música.
Los aromas que usas me embriagan
y me transportan a la dimensión de tus sentidos.
Me dejan quieto, inmóvil, a la espera de algo nuevo
de algo que permita impregnarme más de ti.
Soy a dicto a ti y no me da miedo reconocerlo.
Me gusta tu rosto con todas y sus imperfecciones,
me encanta tu silueta y tu cabello negro largo mal peinado.
Soy adicto y espero serlo hasta el último día de mi vida.
Quiero llevarme al más allá todos tus aromas
todos tus sabores, saberes y esencia
quiero llegar a la misma puerta de Dios
y pedirle que conserve todos esos aromas y sabores
sólo para mí.

martes, 23 de enero de 2018

Son sólo cuatro

1

Me gustaría ser libre por una sola vez en la vida.
Sin ningún tipo de ataduras:
trabajo, compromiso, amor, facturas, horarios,
la responsabilidad en sí.
Me gustaría ser libre
como cuando niño corría por todos lados
provocando caos y destrozos,
provocando la risa de mis padres y a veces la ira.
Me gustaría ser libre de nuevo
para recorrer, de manera etérea, el planeta
y en él encontrar la verde esperanza
qué tanto añoró mi padre.
Una sola vez, una sola vez libre
consciente de lo que busco
y mucho más alegre de lo que encuentre.


2

Dime mujer, quién ocupa mi lugar
quién calienta tu cama
y te espera despierto para acurrucarse
entre tus brazos y dormir arrullado
por los latidos de tu corazón.
Dime mujer, quién ahora vela tu sueño
quién ahuyenta de tu lado esos malos sueños
y se convierte en tu ángel de la guarda.
Dime mujer, quién te hace feliz
quién se atreve a intentar
borrar de tu memoria
esos bellos recuerdos de nosotros.
Dime mujer, quién te ha convencido
de que ya no me amas,
y que quieres dar vuelta a la página
para terminar nuestra historia.
 Dime, ¿aún me amas?
No lo niegues, lo sé.

3

Quisiera que acabara el día
para correr hacia donde estás.
Quisiera poder extender mis brazos
para alcanzarte donde estés.
Quisiera que una vez más estuvieras a mi lado
para poder despedirme de ti
y decirte cuánto te extraño.
Quisiera poder arrullarte una vez más
como cuando eras pequeño
y te quedabas dormido en mis brazos.
Eras mi ángel y yo tu guardián
eras mi complemento perfecto,
mi razón de ser.
Ahora no estás, te has ido a un viaje sin retorno
en el que espero algún día poder alcanzarte
para que juntos tomados de la mano
podamos vivir los momentos que nos fueron arrebatados.
Quiero que sepas que no dejaste vacío mi corazón
que lo dejaste como si fuera una copa llena del mejor vino
que endulzó con tus recuerdos mi vida.



4


Soy  culpable de quererte
de pensar que transitábamos por el mismo camino,
Soy culpable de equivocarme
y de creer que los dos podíamos ser felices.
Soy culpable de ser un crédulo empedernido
pues me creí cada uno de tus cuentos
los que al final siempre nos alejaron.
Soy culpable de intentar hacerte feliz
y de que tú no lo aceptaras.
Soy culpable de amarte con desenfreno

y también de dejarte partir.

sábado, 1 de octubre de 2016

Hubo una vez un periodista

Una hubo un día, de tal mes, de tal año, que alguien decidió que debía ser médico. Pero hubo alguien que se apiadó de mí y me dijo: “no te preocupes no le hagas caso, ya elegí lo que tú vas a ser”. Y fue así que llegamos al centro pre de esa reciente universidad particular creada y me inscribieron en la escuela de comunicaciones. Nada más acotó mi viejo, “no le vayas a decir nada a tu madre, hasta que se dé tu ingreso, sino nos mata a los dos”.
De eso casi ya 24 años, y aún ese recuerdo lo tengo tan vívido en mi mente, que cada que vez puedo lo cuento. Mi madre al saber que había ingresado a la universidad, estaba feliz, pues decía que su hijo iba a ser médico, pero muy sutilmente mi padre le iba corrigiendo, “no serrana, periodista”. Hasta que por fin se dio cuenta y los dos salimos presurosos a tomar una gaseosa a la tienda de la esquina. Claro está eso era hasta que se apague ese dragón que se había encendido en ella, pues no se había cumplido su voluntad.
Con el paso de los años ella ha aprendido a convivir con esta tan riesgosa y bonita profesión. Se ha llevado tremendos sustos cuando escuchó que en la comisión en la que encontraba había habido varios muertos y algunos colegas resultaron heridos. Tembló de pavor cuando me enviaron a Bagua para cubrir el conflicto peruano-ecuatoriano de 1995, como también sintió satisfacción cuando gané un concurso internacional cuyo premio era una beca de estudios en los Estados Unidos.
Esta bendita profesión me ha permitido conocer todos los lados de la naturaleza humana desde la más dulce, hasta la más gris y oscura. El Periodismo es gitano, lo sé, así como te da te quita, pero aun así lo sigo ejerciendo y quizá lo ejerza hasta cuando la salud me lo permita, y las fuerzas no me abandonen.
Creo que con el paso de los años algo hemos logrado con esto de ser periodista. He pidido conocer varias partes del Perú y también otros países. Conocí personas con las que hice grandes amistades, con las que también tuve grandes decepciones. Hubieron amores fugaces y otros duraderos, y todo eso me enseñó a no perder mi humanidad, a fortalecer mi carácter, y ennoblecer (hasta donde se pueda) mi alma.
He podido lidiar con realidades completamente opuesta a la que estoy acostumbrado. A dormir en una cama solo hecha de una frazada tendida sobre el piso, teniendo como techo exclusivo el cielo estrellado. He probado sabores que nunca en mi vida hubiera soñado probar y he olido aromas que hasta hora se han quedado impregnados en mis recuerdos. He vivido historias de acción emocionantes, como también algunas que me llevaron a un severo estado depresivo de los que pude salir gracias a la fortalece de mi mente.
Gracias al periodismo he podido conocer muchos “mundos paralelos” en donde he conseguido quizá las mejores historias de mi carrera, y que fueron esas historias las que me hicieron ganador de aquel concurso internacional. “Eres un contador de historia”, alguien me dijo una vez mostrándome una crónica escrita hace ya muchos años cuando era parte de la redacción del diario Correo. Fueron mis mejores años, pues en ese entonces aún existía la redacción a máquina de escribir, cámara fotográfica mecánica y los rollos de películas a color y blanco y negro; las carillas de redacción y los contactos fotográficos. Tiempos aquellos. Ya habrá oportunidad de contar otras historias.

Hubo una vez un periodista

Una hubo un día, de tal mes, de tal año, que alguien decidió que debía ser médico. Pero hubo alguien que se apiadó de mí y me dijo: “no te preocupes no le hagas caso, ya elegí lo que tú vas a ser”. Y fue así que llegamos al centro pre de esa reciente universidad particular creada y me inscribieron en la escuela de comunicaciones. Nada más acotó mi viejo, “no le vayas a decir nada a tu madre, hasta que se dé tu ingreso, sino nos mata a los dos”.
De eso casi ya 24 años, y aún ese recuerdo lo tengo tan vívido en mi mente, que cada que vez puedo lo cuento. Mi madre al saber que había ingresado a la universidad, estaba feliz, pues decía que su hijo iba a ser médico, pero muy sutilmente mi padre le iba corrigiendo, “no serrana, periodista”. Hasta que por fin se dio cuenta y los dos salimos presurosos a tomar una gaseosa a la tienda de la esquina. Claro está eso era hasta que se apague ese dragón que se había encendido en ella, pues no se había cumplido su voluntad.
Con el paso de los años ella ha aprendido a convivir con esta tan riesgosa y bonita profesión. Se ha llevado tremendos sustos cuando escuchó que en la comisión en la que encontraba había habido varios muertos y algunos colegas resultaron heridos. Tembló de pavor cuando me enviaron a Bagua para cubrir el conflicto peruano-ecuatoriano de 1995, como también sintió satisfacción cuando gané un concurso internacional cuyo premio era una beca de estudios en los Estados Unidos.
Esta bendita profesión me ha permitido conocer todos los lados de la naturaleza humana desde la más dulce, hasta la más gris y oscura. El Periodismo es gitano, lo sé, así como te da te quita, pero aun así lo sigo ejerciendo y quizá lo ejerza hasta cuando la salud me lo permita, y las fuerzas no me abandonen.
Creo que con el paso de los años algo hemos logrado con esto de ser periodista. He pidido conocer varias partes del Perú y también otros países. Conocí personas con las que hice grandes amistades, con las que también tuve grandes decepciones. Hubieron amores fugaces y otros duraderos, y todo eso me enseñó a no perder mi humanidad, a fortalecer mi carácter, y ennoblecer (hasta donde se pueda) mi alma.
He podido lidiar con realidades completamente opuesta a la que estoy acostumbrado. A dormir en una cama solo hecha de una frazada tendida sobre el piso, teniendo como techo exclusivo el cielo estrellado. He probado sabores que nunca en mi vida hubiera soñado probar y he olido aromas que hasta hora se han quedado impregnados en mis recuerdos. He vivido historias de acción emocionantes, como también algunas que me llevaron a un severo estado depresivo de los que pude salir gracias a la fortalece de mi mente.
Gracias al periodismo he podido conocer muchos “mundos paralelos” en donde he conseguido quizá las mejores historias de mi carrera, y que fueron esas historias las que me hicieron ganador de aquel concurso internacional. “Eres un contador de historia”, alguien me dijo una vez mostrándome una crónica escrita hace ya muchos años cuando era parte de la redacción del diario Correo. Fueron mis mejores años, pues en ese entonces aún existía la redacción a máquina de escribir, cámara fotográfica mecánica y los rollos de películas a color y blanco y negro; las carillas de redacción y los contactos fotográficos. Tiempos aquellos. Ya habrá oportunidad de contar otras historias.