Era de tarde, cuando Ismael caminaba por el campo con dirección a su casa en el caserío Pan de Azúcar. Era un hombre joven, de temperamento fuerte y decidido, pero esta vez su voluntad fue quebrantada. Al llegar a una encrucijada, por primera vez en su vida se sentía desorientado. No sabía cual de los caminos tomar, pues por más que intentaba reconocer el lugar no podía hacerlo.
Había frondosos árboles en lugares donde nunca los hubieron y era la primera vez que los caminos estaban empedrados, pues los que él estaba acostumbrado a caminar eran de tierra. No entendía lo que sucedía, así que decidió sentarse y meditar sobre lo que debía hacer en ese momento.
Ismael sabía que debía llegar a casa antes de las seis de la tarde, pues existía la leyenda que en ese lugar cada 20 años, alguien se perdía por tomar el camino equivocado a casa. Por un momento el miedo lo embargó, pues recordó que justo hacía 20 años, su tío Ernesto, hermano de su madre, se había perdido justo en esa encrucijada. A su mente le vino a la memoria lo que el brujo del pueblo le dijo: “Tú y toda tu familia está marcada por el infortunio y de cada generación el diablo cobrará la vida de uno de ellos”.
El miedo le ganaba cada vez y manos y piernas comenzaron a temblarle. Comenzó a escuchar voces que le hablaban al oído y sintió un frío que recorría toda su espalda. Rayos –dijo- esto no puede estar sucediéndome, y se incorporó con rapidez. Miró en todas las direcciones y sólo vio árboles, a su alrededor y delante suyo los caminos empedrados que lo invitaban a seguir su viaje. Estuvo tentado a tomar uno de ellos, pero luego recobró la serenidad y decidió emprender el camino de regreso a la ciudad, pues no quería tomar ningún riesgo. No era supersticioso, pero tampoco un tonto y siempre decía que las tradiciones de sus abuelos, algo de verdad tenían.
Ya iban a ser la seis de la tarde, así que empezó caminar. No encontraba a nadie en el trayecto, lo que resultaba raro, pues había casas cada cien metros. No había animales, pese a que la mayoría de ellos eran ganaderos, no había ruido pese a que estaba en el campo y no había aves ni animales silvestres. Nuevamente el miedo lo embargó y paralizó. Con mucho esfuerzo pudo mover sus piernas y él mismo se daba fuerzas para seguir andando. Tenía miedo y le faltaba poco para montar en pánico. Se decía asimismo: Sé fuerte y sigue adelante, pero a cada paso que daba, parecía que el camino se hiciera más largo.
No puede ser que me demore tanto en llegar a la ciudad, decía sorprendido, pues sólo era media hora de camino hasta Oyotún. Ya debía haber llegado. ¿Qué está pasando? Se preguntaba, mientras procuraba aumentar el paso. De pronto, vio que una persona se le acercaba presurosa. Era un hombre, quizá un poco más joven que él y sin darle tiempo a nada le dijo que caminara más rápido, que debían llegar a los árboles lo más pronto posible, que los estaban siguiendo. Asustado por esas palabras, aceleró el paso, pero una vez que llegaron a los árboles, el hombre que se le había cercado desapareció.
Desesperado por todo lo que estaba pasando, continuó caminando y pensando que al atravesar el bosque llegaría a la ciudad y continuó su marcha. Luego de unos minutos, vio un pequeño sendero y corrió hacia él, pero al llegar quedó completamente paralizado. No se había movido a ningún lado, pues había llegado a la misma encrucijada de donde había partido. Sintió que estaba perdido.
Se sentó sobre una piedra y juntó sus manos en un vano intento por rezar. De la encrucijada comenzaron a aparecer unas personas, con atuendos poco conocidos para él. Unos eran un tanto viejos y fuera de moda y otros les hicieron recordar la ropa que usaba su abuelita cuando joven, durante los años 20. No entendía lo que pasaba. El hombre que se le acercó para alertarlo de lo que se venía lo tomó del hombro y le dijo que lo siguiera, que lo estaban esperando del otro lado.
Ismael quiso resistirse, pero no lo logró. Sintió la obligación de seguirlo, que era lo correcto y así lo hizo. Luego miró hacia atrás y pudo ver su casa, a su madre que le decía al resto de sus hermanos que ya estaba por llegar y que a su llegada serviría la cena. Vio a su novia que le escribía una carta y pudo verse él atravesando un portal hacia lo desconocido.
viernes, 24 de octubre de 2008
El aula nueva
Son las seis de la mañana. Hora de levantarse y de ir a trabajar. Qué flojera el tener que dejar tu cama, en donde te sientes tan confortable, pues el frío de la mañana es intenso y te invita a quedarte en cama. Pero así quieras hacerlo, debes levantarte. Primero te estiras y te desperezas, luego con el dolor de tu alma tiras la colcha con la que te abrigaste toda la noche a un lado y sales de la cama. Sientes un frío que te invade y te terminas de despertar.
En ese momento piensas, hay que ir a trabajar. ¡Qué lata!. ¡Quién habrá inventado el trabajo!, pero sigues la misma rutina de siempre. Te pones las habituales sandalias y te diriges al baño, que para colmo de males se encuentra ocupado y debes esperar. El tiempo pasa y te comienzas a impacientar hasta el punto que gritas: ”Mariana avanza que ya es tarde”, y Mariana sale del baño con toda la paciencia del mundo y se dirige a cambiarse para ir a trabajar, mientras que tú, toda apurada tienes que bañarte, tomar desayuno y alistarte para salir a tu centro de trabajo.
Vuelves a pensar, ¿Quién habrá sido el ocioso que inventó el trabajo”, y sales de tu casa para dirigirte a trabajar. Felizmente al llegar al paradero de combis, encuentras uno que te llevaba y te deja casi en la puerta del colegio en donde trabajas. Ya en la puerta del plantel, ves que hay algo raro en el patio. Hay un estrado que no dejaste al día siguiente. De repente eres sorprendida por una de tus alumnas que te dice: “Buenos días miss Karina”, y piensas, “con las justas cuando termine la primaria sabrá medio leer y ya quiere hablar inglés; pero pese a todo le devuelves el saludo con una sonrisa a flor de labio. La pequeña te toma de la mano y te lleva al salón de clases y todos tus alumnos cuando te ven entrar te dan un fuerte: Buenos días miss Karina. Te sorprendes al ingresar y encontrar un aula completamente pintada de verde, pues la anterior pintura estaba toda de colorada y las paredes lucían sucias. Colgados hay cuadros con las fotos de los héroes nacionales y un mapa del Perú ha sido pintado en la pared del fondo. Miras con estupor tan radical cambio de esa aula vieja, por una remozada. Te llenas de alegría y observas todo con atención, mientras tus alumnos te admiran caminar por los pasillos del aula. Ellos al igual que tú fueron sorprendidos con tan grato regalo y comparten tu alegría.
Luego alguien toca la puerta y te saca de ese sueño en el que habías caído. Volteas atenta a ver quién es y ves a un grupo de padres de familia, que inmediatamente te pide permiso para ingresar, y les das un sí asentando con la cabeza. Uno de ellos, llamado Pedro, te da la mano y te dice que no te sorprendas por el cambio del aula, pues simplemente se trataba de un trabajo de los padres para compensar en algo todo el esfuerzo que haces por enseñar cosas buenas a sus hijos.
Recién en ese momento comenzaste a entender lo que sucedía y por un instante te viste obligada a controlarte pues casi derramas unas lágrimas. Nunca pensaste que los padres de tus alumnos, realmente entendieran el sacrificio que a diario hacías por sus hijos. Te conmovió. Les distes la mano a cada uno de ellos, pues sacrificaron toda una noche y madrugada para poder terminar sólo en horas, el trabajo que a veces se hace en semanas. Ellos también sacrificaron algo en retribución a todo tu esfuerzo. Esa vez la lección la dieron ellos y tú fuiste la alumna.
En ese momento piensas, hay que ir a trabajar. ¡Qué lata!. ¡Quién habrá inventado el trabajo!, pero sigues la misma rutina de siempre. Te pones las habituales sandalias y te diriges al baño, que para colmo de males se encuentra ocupado y debes esperar. El tiempo pasa y te comienzas a impacientar hasta el punto que gritas: ”Mariana avanza que ya es tarde”, y Mariana sale del baño con toda la paciencia del mundo y se dirige a cambiarse para ir a trabajar, mientras que tú, toda apurada tienes que bañarte, tomar desayuno y alistarte para salir a tu centro de trabajo.
Vuelves a pensar, ¿Quién habrá sido el ocioso que inventó el trabajo”, y sales de tu casa para dirigirte a trabajar. Felizmente al llegar al paradero de combis, encuentras uno que te llevaba y te deja casi en la puerta del colegio en donde trabajas. Ya en la puerta del plantel, ves que hay algo raro en el patio. Hay un estrado que no dejaste al día siguiente. De repente eres sorprendida por una de tus alumnas que te dice: “Buenos días miss Karina”, y piensas, “con las justas cuando termine la primaria sabrá medio leer y ya quiere hablar inglés; pero pese a todo le devuelves el saludo con una sonrisa a flor de labio. La pequeña te toma de la mano y te lleva al salón de clases y todos tus alumnos cuando te ven entrar te dan un fuerte: Buenos días miss Karina. Te sorprendes al ingresar y encontrar un aula completamente pintada de verde, pues la anterior pintura estaba toda de colorada y las paredes lucían sucias. Colgados hay cuadros con las fotos de los héroes nacionales y un mapa del Perú ha sido pintado en la pared del fondo. Miras con estupor tan radical cambio de esa aula vieja, por una remozada. Te llenas de alegría y observas todo con atención, mientras tus alumnos te admiran caminar por los pasillos del aula. Ellos al igual que tú fueron sorprendidos con tan grato regalo y comparten tu alegría.
Luego alguien toca la puerta y te saca de ese sueño en el que habías caído. Volteas atenta a ver quién es y ves a un grupo de padres de familia, que inmediatamente te pide permiso para ingresar, y les das un sí asentando con la cabeza. Uno de ellos, llamado Pedro, te da la mano y te dice que no te sorprendas por el cambio del aula, pues simplemente se trataba de un trabajo de los padres para compensar en algo todo el esfuerzo que haces por enseñar cosas buenas a sus hijos.
Recién en ese momento comenzaste a entender lo que sucedía y por un instante te viste obligada a controlarte pues casi derramas unas lágrimas. Nunca pensaste que los padres de tus alumnos, realmente entendieran el sacrificio que a diario hacías por sus hijos. Te conmovió. Les distes la mano a cada uno de ellos, pues sacrificaron toda una noche y madrugada para poder terminar sólo en horas, el trabajo que a veces se hace en semanas. Ellos también sacrificaron algo en retribución a todo tu esfuerzo. Esa vez la lección la dieron ellos y tú fuiste la alumna.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)