viernes, 24 de octubre de 2008

La encrucijada

Era de tarde, cuando Ismael caminaba por el campo con dirección a su casa en el caserío Pan de Azúcar. Era un hombre joven, de temperamento fuerte y decidido, pero esta vez su voluntad fue quebrantada. Al llegar a una encrucijada, por primera vez en su vida se sentía desorientado. No sabía cual de los caminos tomar, pues por más que intentaba reconocer el lugar no podía hacerlo.
Había frondosos árboles en lugares donde nunca los hubieron y era la primera vez que los caminos estaban empedrados, pues los que él estaba acostumbrado a caminar eran de tierra. No entendía lo que sucedía, así que decidió sentarse y meditar sobre lo que debía hacer en ese momento.
Ismael sabía que debía llegar a casa antes de las seis de la tarde, pues existía la leyenda que en ese lugar cada 20 años, alguien se perdía por tomar el camino equivocado a casa. Por un momento el miedo lo embargó, pues recordó que justo hacía 20 años, su tío Ernesto, hermano de su madre, se había perdido justo en esa encrucijada. A su mente le vino a la memoria lo que el brujo del pueblo le dijo: “Tú y toda tu familia está marcada por el infortunio y de cada generación el diablo cobrará la vida de uno de ellos”.
El miedo le ganaba cada vez y manos y piernas comenzaron a temblarle. Comenzó a escuchar voces que le hablaban al oído y sintió un frío que recorría toda su espalda. Rayos –dijo- esto no puede estar sucediéndome, y se incorporó con rapidez. Miró en todas las direcciones y sólo vio árboles, a su alrededor y delante suyo los caminos empedrados que lo invitaban a seguir su viaje. Estuvo tentado a tomar uno de ellos, pero luego recobró la serenidad y decidió emprender el camino de regreso a la ciudad, pues no quería tomar ningún riesgo. No era supersticioso, pero tampoco un tonto y siempre decía que las tradiciones de sus abuelos, algo de verdad tenían.
Ya iban a ser la seis de la tarde, así que empezó caminar. No encontraba a nadie en el trayecto, lo que resultaba raro, pues había casas cada cien metros. No había animales, pese a que la mayoría de ellos eran ganaderos, no había ruido pese a que estaba en el campo y no había aves ni animales silvestres. Nuevamente el miedo lo embargó y paralizó. Con mucho esfuerzo pudo mover sus piernas y él mismo se daba fuerzas para seguir andando. Tenía miedo y le faltaba poco para montar en pánico. Se decía asimismo: Sé fuerte y sigue adelante, pero a cada paso que daba, parecía que el camino se hiciera más largo.
No puede ser que me demore tanto en llegar a la ciudad, decía sorprendido, pues sólo era media hora de camino hasta Oyotún. Ya debía haber llegado. ¿Qué está pasando? Se preguntaba, mientras procuraba aumentar el paso. De pronto, vio que una persona se le acercaba presurosa. Era un hombre, quizá un poco más joven que él y sin darle tiempo a nada le dijo que caminara más rápido, que debían llegar a los árboles lo más pronto posible, que los estaban siguiendo. Asustado por esas palabras, aceleró el paso, pero una vez que llegaron a los árboles, el hombre que se le había cercado desapareció.
Desesperado por todo lo que estaba pasando, continuó caminando y pensando que al atravesar el bosque llegaría a la ciudad y continuó su marcha. Luego de unos minutos, vio un pequeño sendero y corrió hacia él, pero al llegar quedó completamente paralizado. No se había movido a ningún lado, pues había llegado a la misma encrucijada de donde había partido. Sintió que estaba perdido.
Se sentó sobre una piedra y juntó sus manos en un vano intento por rezar. De la encrucijada comenzaron a aparecer unas personas, con atuendos poco conocidos para él. Unos eran un tanto viejos y fuera de moda y otros les hicieron recordar la ropa que usaba su abuelita cuando joven, durante los años 20. No entendía lo que pasaba. El hombre que se le acercó para alertarlo de lo que se venía lo tomó del hombro y le dijo que lo siguiera, que lo estaban esperando del otro lado.
Ismael quiso resistirse, pero no lo logró. Sintió la obligación de seguirlo, que era lo correcto y así lo hizo. Luego miró hacia atrás y pudo ver su casa, a su madre que le decía al resto de sus hermanos que ya estaba por llegar y que a su llegada serviría la cena. Vio a su novia que le escribía una carta y pudo verse él atravesando un portal hacia lo desconocido.

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