Existen muchas formas de lamentaciones, especialmente cuando las cosas ya están perdidas. Llorando sobre el hombro de algún amigo, o simplemente tapándonos el rostro con nuestras manos, siempre terminamos diciendo si hubiera, qué hubiera, como si al final fuéramos a recibir una respuesta que pueda tranquilizar todas nuestras lamentaciones.
Ethel, en alguna oportunidad me dijo que dejara de llorar y de repetir si hubiera dicho esto o aquello. Déjate de lamentar, pues estuvo en tus manos el evitar que se vaya. Ya deja de decir si le hubiera dicho que se quede a mi lado y no se vaya tan lejos. Ya deja de decir qué hubiera pasado si le hubiera revelado mis sentimientos, me reñía.
El si hubiera o qué hubiera, ya no existen, es este el momento de seguir adelante y de llevarlo como una marcha indeleble, como un recordatorio de lo que no debemos decir o hacer. Todos esos malos momentos deben quedar dentro del cajón de los recuerdos y de los malos momentos que nos tocó vivir. Deben servirnos de espejos, para que a cada instante nos reflejen lo que puede o no suceder si titubeamos o pensamos en el si hubiera o qué hubiera.
Ethel me hizo recordar lo que entre llantos repetía: qué hubiera pasado si le decía que se quede a mi lado. Qué hubiera pasado. Y si le hubiera dicho que la quería con toda el alma, que su partida me partía el corazón en mil pedazos y que mi alma se quedaba vacía.
Al final me contó que esa reflexión no era suya que la había visto en una película y que al igual que en mi caso ella se hizo los mismos cuestionamientos y que llegó a una conclusión: debemos dejar los temores e inseguridades a un lado y que siempre la vida nos da segundas oportunidades que no debemos dejar pasa. Que dejemos atrás el si hubiera o qué hubiera, y que empecemos a concentrarnos en lo que nosotros podemos hacer para enmendar las torpezas del pasado. Dejemos esos malos momentos y empecemos a decir lo hice y éste fue el resultado
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