Hace un tiempo que he dejado de escribir y no sé porqué. Le echo la culpa al trabajo, al tiempo, a la enfermedad, cuando en realidad la única culpable es mi dejadez. A veces tengo la idea o tema del cual escribir, pero con la sola idea de ver el teclado de mi computadora me invade la pereza y prefiero echarme a dormir.
Qué pereza, incluso, el tener que escribir estas líneas. Quisiera estar durmiendo o pensando en algo bueno por hacer. Me gustaría por ejemplo poder, con un solo movimiento de manos, atraer hacia mí, todo lo que quisiera. Con una sola mirada poder transmitir lo que quiero o lo que siento en ese momento. Quisiera por ejemplo, poder traer hacia mi hogar el cielo y la tierra, para que mi madre pudiera descansar.
Quisiera también que mi padre pudiera ser el de antes. Que volviera a caminar con soltura y firmeza, que sus manos no temblaran y que su vista fuera la de antes. Que comenzara a escribir como antes y que su mente tan brillante y lúcida, no comenzara a apagarse. Una mente brillante que nunca deja de funcionar y que siempre está creando. Creo que en eso en algo nos parecemos, pues nuestras mentes son nuestros amigos, compañeros creadores y también nuestro más cruel castigo.
Me gustaría, también, que con un solo toque de mano el dolor que sienten mis seres queridos pueda desaparecer en un santiamén y que la sonrisa que habían perdido vuelva a iluminar sus rostros y nada ni nadie se las vuelva a borrar. Me gustaría abrazarlos y sentir su querer; besarlos y sentir que son felices, acariciarlos y sentir que son amados.
Son tantas cosas que quisiera, pero que en este momento por la flojera, dejadez y sueño, dejaré para mañana. En fin siempre hay un nuevo amanecer, siempre hay una nueva oportunidad que aprovechar.
viernes, 9 de diciembre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
Días con huella
Hace ya varios años adquirí un texto de consulta llamado Curso Práctico de Periodismo, el autor era Luis A. Romero. Revisando sus páginas, casi al inicio en una hoja en blanco encontré un artículo periodístico pegado en ella. El autor era Guillermo Cortez Nuñez. Me llamó la atención y empecé a leerlo y debo decir que el maestro que escribió el artículo esclareció varias dudas y al mismo tiempo me alentó a seguir la carrera. Especialmente me alentó a escribir.
A continuación les presento el texto, sin ninguna corrección o edición, para que lo leean y al mismo tiempo lo disfruten.
Un joven del callao me pidió orientación. Está frente a una alternativa; por un lado siente la vocación del periodismo, por el otro su padre le ofrece un puesto seguro y de porvenir en Tumbes. La consulta, entiendo yo se refiere a que le hable sobre las posibilidades del periodismo.
Es difícil pronunciarse definitivamente. Si le dijera que ésta es una profesión llena de satisfacciones, le mentiría. Tampoco sería cierto si le tratara de ocultar lo fascinante que suele ser el trabajo de un hombre de prensa.
Podría hablarle en términos generales. Decirle lo dicho en otra oportunidad: que el periodista, como al médico, el abogado y al sacerdote, se le presenta el hombre en toda su grandeza y en toda su miseria; en toda su alegría y en todo su dolor, hundido en el mayor abatimiento y aferrado en la más dulce esperanza.
A través de la noticia llegan hasta la mesa de redacción desde el drama pavoroso de un asesinato múltiple, hasta la simple escaramuza delictiva del ladrón de gallinas; desde la angustiada solicitud del provinciano al que le robaron su cartera y sólo pide le devuelvan su libreta electoral.
Un periódico es un mostrario sorprendente y abrumador de emociones, circunstancias y sucesos. El reportero se ve obligado a mantener un permanente diálogo con la vida misma a través de sus expresiones más insólitas y rutinarias. Como si fuera un confesionario mecánico, por la máquina de escribir pasan todos los pecados: el impaciente que quiso convertirse en millonario de la noche a la mañana realizando cuantiosa estafa; el depravado que empujado por la ignorancia y la lujuria cometió la más vil de las acciones.
Gigantesco escaparate de ambiciones y vanidades llegan también hasta el periódico todos los intentos de figuración: el político que quiere impresionar a sus comprovicianos con un interés por los problemas de su tierra que en el fondo no siente; el futbolista que sueña con ser incorporado a la Selección Nacional; la cantante que persigue un buen contrato; la chica de medio pelo que quiere meter de contrabando la noticia de su cumpleaños en la página social.
En los momentos de soledad volvemos a pensar en todas las noticias que pasaron por nuestras manos y hacemos un examen de conciencia de nuestra tarea. Hallamos satisfacciones y amarguras. En muchas ocasiones hemos contribuido a esclarecer la verdad o evitar una injusticia. Lamentablemente, otras veces, sin quererlo, tan sólo por referir un hecho ingrato, causamos dolor a otras personas.
Es difícil, pues, aconsejar a un joven que siga o no la carrera del periodismo. Más tarde puede sentirse un apóstol o un orientador de multitudes; un triunfador o un amargado...
A continuación les presento el texto, sin ninguna corrección o edición, para que lo leean y al mismo tiempo lo disfruten.
Un joven del callao me pidió orientación. Está frente a una alternativa; por un lado siente la vocación del periodismo, por el otro su padre le ofrece un puesto seguro y de porvenir en Tumbes. La consulta, entiendo yo se refiere a que le hable sobre las posibilidades del periodismo.
Es difícil pronunciarse definitivamente. Si le dijera que ésta es una profesión llena de satisfacciones, le mentiría. Tampoco sería cierto si le tratara de ocultar lo fascinante que suele ser el trabajo de un hombre de prensa.
Podría hablarle en términos generales. Decirle lo dicho en otra oportunidad: que el periodista, como al médico, el abogado y al sacerdote, se le presenta el hombre en toda su grandeza y en toda su miseria; en toda su alegría y en todo su dolor, hundido en el mayor abatimiento y aferrado en la más dulce esperanza.
A través de la noticia llegan hasta la mesa de redacción desde el drama pavoroso de un asesinato múltiple, hasta la simple escaramuza delictiva del ladrón de gallinas; desde la angustiada solicitud del provinciano al que le robaron su cartera y sólo pide le devuelvan su libreta electoral.
Un periódico es un mostrario sorprendente y abrumador de emociones, circunstancias y sucesos. El reportero se ve obligado a mantener un permanente diálogo con la vida misma a través de sus expresiones más insólitas y rutinarias. Como si fuera un confesionario mecánico, por la máquina de escribir pasan todos los pecados: el impaciente que quiso convertirse en millonario de la noche a la mañana realizando cuantiosa estafa; el depravado que empujado por la ignorancia y la lujuria cometió la más vil de las acciones.
Gigantesco escaparate de ambiciones y vanidades llegan también hasta el periódico todos los intentos de figuración: el político que quiere impresionar a sus comprovicianos con un interés por los problemas de su tierra que en el fondo no siente; el futbolista que sueña con ser incorporado a la Selección Nacional; la cantante que persigue un buen contrato; la chica de medio pelo que quiere meter de contrabando la noticia de su cumpleaños en la página social.
En los momentos de soledad volvemos a pensar en todas las noticias que pasaron por nuestras manos y hacemos un examen de conciencia de nuestra tarea. Hallamos satisfacciones y amarguras. En muchas ocasiones hemos contribuido a esclarecer la verdad o evitar una injusticia. Lamentablemente, otras veces, sin quererlo, tan sólo por referir un hecho ingrato, causamos dolor a otras personas.
Es difícil, pues, aconsejar a un joven que siga o no la carrera del periodismo. Más tarde puede sentirse un apóstol o un orientador de multitudes; un triunfador o un amargado...
miércoles, 4 de mayo de 2011
El pollito, el patito y el conejo
Un pollito, un patito y un pequeño conejo, se encontraron en un corral y empezaron a conversar sobre lo que les deparaba el destino. El pollito consciente de donde se encontraba dijo con una voz temblorosa que sabía que su vida sería corta, pues el hombre sólo lo estaba alimentando y antes de que llegue a su plena madurez acabaría con su vida.
El pato y el pequeño conejo se sorprendieron al escuchar semejante revelación y sin pensarlo dos veces decidieron planificar una escapatoria para su compañero, pero fueron interrumpidos de manera abrupta por el pollito que les dijo de que dejaran de pensar en la fuga, pues eso era imposible más aún cuando ellos dos iban a tener el mismo destino que él.
Aterrorizados los tres corrieron despavoridos en círculos dentro del corral donde vivían, pero luego volvieron al mismo punto en donde se había iniciado la conversación. Por unos instantes se miraron y luego –el sudor recorría sus caras- dijeron que debían escapar de todas maneras. Mi estimado amigo, dijo el pollito llamado Oswaldo a l patito llamado Tony, no hay manera de que podamos huir, nuestra suerte está echada y pronto nos cortarán el cuello a los dos. Quizá sea para una de sus tradicionales fiestas o simplemente para una ocasión especial.
No seas pesimista dijo el conejo Walter, hablaré pronto con Inés para que a su vez le pida a sus padres para que les perdonen la vida y así tenemos todo solucionado. No sea ingenuo, dijo el pollito Oswaldo, si tú estás seguro es porque eres el juguete de turno de Inés, pero cuando se canse de ti también te cortarán el cuello y terminarán en guisado de esos que ellos preparan. Nuestro destino está echado y no ya nada que podamos hacer, nos van a matar y comer. No va a quedar nada de nosotros y eso es triste. Nuestro final es igual que el de nuestros padres, sí los que no conocimos y de los que nos contaron los sobrevivientes y privilegiados que son usados como productores.
No podemos terminar como la comida de otros, no tengo la intención de ser el alimento de otros. Tengo derecho a la vida y nadie me va a cambiar mi manera de pensar. No sé ustedes pero debo encontrar la forma de sobrevivir o por lo menos morir en el intento. No seas melodramático, dijo el patito Tony, debemos buscar otras opciones, debemos ser optimistas.
Tienes razón, dijo el conejo Oswaldo. Tanto como ustedes quiero ser libre, pero qué podemos hacer. No pienso darles el gusto, yo ya tengo la solución. Y de pronto lo vieron iniciar rumbo hacia el establo y una vez dentro a dentelladas rompió a dentelladas una bolsa de la que comió su contenido- El patito Tony leyó en la bolsa que decía: insecticida y simplemente exclamó: hagámoslo, y se lanzó sobre el insecticida, el pollito Oswaldo aún temeroso, miró por unos minutos a sus inseparables amigos y luego de unos segundos caminó con paso lento hacia la bolsa y picoteó y comió su contenido.
Horas más tarde los dueños de la granja, los encontraron tendidos sobre el suelo del establo muertos y regados a su alrededor el insecticida que comieron.
El pato y el pequeño conejo se sorprendieron al escuchar semejante revelación y sin pensarlo dos veces decidieron planificar una escapatoria para su compañero, pero fueron interrumpidos de manera abrupta por el pollito que les dijo de que dejaran de pensar en la fuga, pues eso era imposible más aún cuando ellos dos iban a tener el mismo destino que él.
Aterrorizados los tres corrieron despavoridos en círculos dentro del corral donde vivían, pero luego volvieron al mismo punto en donde se había iniciado la conversación. Por unos instantes se miraron y luego –el sudor recorría sus caras- dijeron que debían escapar de todas maneras. Mi estimado amigo, dijo el pollito llamado Oswaldo a l patito llamado Tony, no hay manera de que podamos huir, nuestra suerte está echada y pronto nos cortarán el cuello a los dos. Quizá sea para una de sus tradicionales fiestas o simplemente para una ocasión especial.
No seas pesimista dijo el conejo Walter, hablaré pronto con Inés para que a su vez le pida a sus padres para que les perdonen la vida y así tenemos todo solucionado. No sea ingenuo, dijo el pollito Oswaldo, si tú estás seguro es porque eres el juguete de turno de Inés, pero cuando se canse de ti también te cortarán el cuello y terminarán en guisado de esos que ellos preparan. Nuestro destino está echado y no ya nada que podamos hacer, nos van a matar y comer. No va a quedar nada de nosotros y eso es triste. Nuestro final es igual que el de nuestros padres, sí los que no conocimos y de los que nos contaron los sobrevivientes y privilegiados que son usados como productores.
No podemos terminar como la comida de otros, no tengo la intención de ser el alimento de otros. Tengo derecho a la vida y nadie me va a cambiar mi manera de pensar. No sé ustedes pero debo encontrar la forma de sobrevivir o por lo menos morir en el intento. No seas melodramático, dijo el patito Tony, debemos buscar otras opciones, debemos ser optimistas.
Tienes razón, dijo el conejo Oswaldo. Tanto como ustedes quiero ser libre, pero qué podemos hacer. No pienso darles el gusto, yo ya tengo la solución. Y de pronto lo vieron iniciar rumbo hacia el establo y una vez dentro a dentelladas rompió a dentelladas una bolsa de la que comió su contenido- El patito Tony leyó en la bolsa que decía: insecticida y simplemente exclamó: hagámoslo, y se lanzó sobre el insecticida, el pollito Oswaldo aún temeroso, miró por unos minutos a sus inseparables amigos y luego de unos segundos caminó con paso lento hacia la bolsa y picoteó y comió su contenido.
Horas más tarde los dueños de la granja, los encontraron tendidos sobre el suelo del establo muertos y regados a su alrededor el insecticida que comieron.
viernes, 28 de enero de 2011
Prueba de amor
Juan está sentado en una banca. A su lado está su enamorada Jenny con la cabeza gacha y con el cañón de una pistola en la sien. Juan la sostenía y su mano temblaba pues sabía que debía jalar del gatillo. Quizá fueron segundos o minutos los que transcurrieron antes de que Juan apretara el gatillo. Parece que el silencio invadió todo el local. Juan sólo escuchaba su respiración agitada mientras miraba el rostro sereno de Jenny. Tenía los ojos cerrados, parecía como si rezara preparándose para la muerte.
Jenny, después de susurrar algunas palabras que no fueron entendidas por Juan le dijo en voz alta: estoy lista, y fue ese el momento que se escuchó el disparo. El estruendo se escuchó en todo el vecindario y todos salieron a la calle para averiguar qué había sucedido. Nadie imaginaba encontrarse con semejante escena. Sentado sobre un banco del parque, estaba Juan sosteniendo una pistola y sobre su regazo sostenía con la otra mano a Jenny. Estaba complemente ensangrentado y lloraba en silencio.
Roberto uno de sus vecinos y amigo personal, se acercó a él y le quitó el arma. Juan ni se inmutó, sólo se aferró a Jenny, mientras un río de lágrimas brotaban de sus ojos. Era una escena escalofriante y llena de culpa. En pocos minutos llegó la Policía al lugar y cuando intentaron acercarse a Juan, éste se aferró más al cuerpo de su amada y no permitía que los separen de ella. Todos estaban conmocionados. Era la primera vez que se encontraban con una escena de esta naturaleza y permitieron por unos minutos que Juan se quede junto a ella.
La hermana de Jenny, Susana, llegó hasta el lugar y como sabiendo lo que había sucedido, se acercó a Juan y le susurró algo al oído. Recién en ese momento se separó de su amada. La recostó sobre la banca y se entregó a la Policía. Mientras era llevado hasta una unidad policial, los forenses y especialistas en criminalística revisaban la escena del crimen y simplemente se preguntaban por qué. Tenían el arma homicida y también al culpable. Sabían que el homicida se produjo en ese mismos lugar, la banca del parque, pero no sabían porqué Juan le disparó en la cabeza a su amada.
Entrevistando a los vecinos, éstos le dijeron a los investigadores que Juan y Jenny vivían juntos desde hacía unos cuatro años, y habían comenzado los preparativos para casarse ya que querían tener hijos, pero de un momento a otro todos sus planes se detuvieron y todo acabó ese mismo día. Nadie pudo dar una razón exacta para lo sucedido. Ninguno pudo decir que vivían como perro y gato, que quizá hubo infidelidad u otra cosa. Nadie simplemente sabía algo.
Era extraño, pero los agentes estaban decididos a descubrir la verdad.
Juan fue llevado a la estación de Policía y allí pidió hablar con Susana. Le prometió al Teniente Jorge González, que luego de ello contaría toda la verdad, pues no pensaba eludir su responsabilidad. Le dijo que era culpable y que los motivos del crimen los daría después. El detective accedió a su pedido y Susana ingresó a la sala de interrogatorios. Sostuvieron una conversación en un tono tan bajo que los micrófonos existentes en la sala no podían captar nada bueno. Susurraban palabras y ambos lloraban. Después de una hora de charla, ésta fue interrumpida por el fiscal a cargo de las diligencias. Molesto porque el policía había permitido se realice esa conversación exigió a Susana que se retire de la sala. Le pidió a uno de sus asistentes la interrogue hasta que revele su diálogo con el criminal. Susana se mantuvo callada todo ese tiempo y debieron soltarla.
Juan en cambio comenzó a contar la historia vivida con Jenny hasta el punto final, que terminó con la muerte de ella. Le contó al fiscal que ella era una mujer alegre con muchas ganas de vivir, pero que de un momento a otro decidió dejar de vivir. Le dijo que no había ninguna razón para seguir luchando por una vida alegre, pues ésta no dudaría. No duraría la felicidad de formar una familia, de ver crecer a sus hijos y también de aspirar a ser abuela.
Cada vez más el interrogador se sentía más confundido. No sabía qué preguntar, pues no conocía su historia y lo que le habían contado no era lo suficiente como para realizar un interrogatorio adecuado, así que debía ser paciente y escuchar. Juan continuaba, hasta que reveló una pista fundamental. Dijo: todo cambió cuando fue al médico y desde ese entonces se volvió una persona sombría.
El oficial preguntó en ese momento, a qué médico había ido y Juan le dio la información que necesitaba. Jenny había ido a hacerse tratar para tener hijos. Asistió a una clínica de fertilidad pues tenía 28 años y quería ser madre. Los médicos al momento de hacerle los análisis descubrieron que se encontraba enferma. La derivaron a un especialista en oncología quien descubrió que padece un cáncer agresivo al estómago y que poco se podía hacer para controlarlo. Debían atacarlo agresivamente con quimioterapia, pero los médicos no podían asegurar resultados exitosos.
Uno de los médicos le había recomendado de que lleve una vida de calidad pues en su condición el tiempo de vida no era mucho. Eso provocó en ella una severa depresión, lo que la llevó a planificar su muerte. Sabía que si se suicidaba iba a comerte un pecado mortal y no quería quedar como un alma en pena. Ella era una mujer profundamente religiosa y sabía que su entierro sería en un terreno no consagrado y no podría recibir la extremaunción ni mucho menos que un sacerdote oficiara una misa en su nombre. Por eso le pidió al amor de su vida que la ayude a acabar con su sufrimiento.
Pasaron muchos días hasta que logró convencer a Juan de que la ayude en su transición. Primero el pobre muchacho se había negado, pero ante los lamentos de su amada había decidido ayudarla. Consiguió un arma y decidieron los dos, que todo se harían cerca a su hogar. Incluso la fecha y hora era especial para los dos. Era el día de su aniversario, sí, el de cuando se conocieron y enamoraron. El día de su primera cita como pareja.
Jenny estaba enferma y ella no sabía cómo es que una enfermedad tan terrible se había desarrollado en su interior sin dar ningún anuncio. Eso la tenía desconcertada y deprimida. Quería cruzar hacia el otro lado, hacia el otro mundo sin pecado y por ello es que Juan debía ayudarla. Fue el primer y único acto egoísta en su vida, y Juan al final estuvo feliz de hacerlo.
Juan ahora permanece encerrado en prisión encerrado en su mundo en donde Jenny está viva y siguen viviendo el sueño de la vida feliz con una hermosa y buena mujer a su lado, que le ha dado hijos maravillosos y ha hecho de su existencia la más feliz del mundo.
Jenny, después de susurrar algunas palabras que no fueron entendidas por Juan le dijo en voz alta: estoy lista, y fue ese el momento que se escuchó el disparo. El estruendo se escuchó en todo el vecindario y todos salieron a la calle para averiguar qué había sucedido. Nadie imaginaba encontrarse con semejante escena. Sentado sobre un banco del parque, estaba Juan sosteniendo una pistola y sobre su regazo sostenía con la otra mano a Jenny. Estaba complemente ensangrentado y lloraba en silencio.
Roberto uno de sus vecinos y amigo personal, se acercó a él y le quitó el arma. Juan ni se inmutó, sólo se aferró a Jenny, mientras un río de lágrimas brotaban de sus ojos. Era una escena escalofriante y llena de culpa. En pocos minutos llegó la Policía al lugar y cuando intentaron acercarse a Juan, éste se aferró más al cuerpo de su amada y no permitía que los separen de ella. Todos estaban conmocionados. Era la primera vez que se encontraban con una escena de esta naturaleza y permitieron por unos minutos que Juan se quede junto a ella.
La hermana de Jenny, Susana, llegó hasta el lugar y como sabiendo lo que había sucedido, se acercó a Juan y le susurró algo al oído. Recién en ese momento se separó de su amada. La recostó sobre la banca y se entregó a la Policía. Mientras era llevado hasta una unidad policial, los forenses y especialistas en criminalística revisaban la escena del crimen y simplemente se preguntaban por qué. Tenían el arma homicida y también al culpable. Sabían que el homicida se produjo en ese mismos lugar, la banca del parque, pero no sabían porqué Juan le disparó en la cabeza a su amada.
Entrevistando a los vecinos, éstos le dijeron a los investigadores que Juan y Jenny vivían juntos desde hacía unos cuatro años, y habían comenzado los preparativos para casarse ya que querían tener hijos, pero de un momento a otro todos sus planes se detuvieron y todo acabó ese mismo día. Nadie pudo dar una razón exacta para lo sucedido. Ninguno pudo decir que vivían como perro y gato, que quizá hubo infidelidad u otra cosa. Nadie simplemente sabía algo.
Era extraño, pero los agentes estaban decididos a descubrir la verdad.
Juan fue llevado a la estación de Policía y allí pidió hablar con Susana. Le prometió al Teniente Jorge González, que luego de ello contaría toda la verdad, pues no pensaba eludir su responsabilidad. Le dijo que era culpable y que los motivos del crimen los daría después. El detective accedió a su pedido y Susana ingresó a la sala de interrogatorios. Sostuvieron una conversación en un tono tan bajo que los micrófonos existentes en la sala no podían captar nada bueno. Susurraban palabras y ambos lloraban. Después de una hora de charla, ésta fue interrumpida por el fiscal a cargo de las diligencias. Molesto porque el policía había permitido se realice esa conversación exigió a Susana que se retire de la sala. Le pidió a uno de sus asistentes la interrogue hasta que revele su diálogo con el criminal. Susana se mantuvo callada todo ese tiempo y debieron soltarla.
Juan en cambio comenzó a contar la historia vivida con Jenny hasta el punto final, que terminó con la muerte de ella. Le contó al fiscal que ella era una mujer alegre con muchas ganas de vivir, pero que de un momento a otro decidió dejar de vivir. Le dijo que no había ninguna razón para seguir luchando por una vida alegre, pues ésta no dudaría. No duraría la felicidad de formar una familia, de ver crecer a sus hijos y también de aspirar a ser abuela.
Cada vez más el interrogador se sentía más confundido. No sabía qué preguntar, pues no conocía su historia y lo que le habían contado no era lo suficiente como para realizar un interrogatorio adecuado, así que debía ser paciente y escuchar. Juan continuaba, hasta que reveló una pista fundamental. Dijo: todo cambió cuando fue al médico y desde ese entonces se volvió una persona sombría.
El oficial preguntó en ese momento, a qué médico había ido y Juan le dio la información que necesitaba. Jenny había ido a hacerse tratar para tener hijos. Asistió a una clínica de fertilidad pues tenía 28 años y quería ser madre. Los médicos al momento de hacerle los análisis descubrieron que se encontraba enferma. La derivaron a un especialista en oncología quien descubrió que padece un cáncer agresivo al estómago y que poco se podía hacer para controlarlo. Debían atacarlo agresivamente con quimioterapia, pero los médicos no podían asegurar resultados exitosos.
Uno de los médicos le había recomendado de que lleve una vida de calidad pues en su condición el tiempo de vida no era mucho. Eso provocó en ella una severa depresión, lo que la llevó a planificar su muerte. Sabía que si se suicidaba iba a comerte un pecado mortal y no quería quedar como un alma en pena. Ella era una mujer profundamente religiosa y sabía que su entierro sería en un terreno no consagrado y no podría recibir la extremaunción ni mucho menos que un sacerdote oficiara una misa en su nombre. Por eso le pidió al amor de su vida que la ayude a acabar con su sufrimiento.
Pasaron muchos días hasta que logró convencer a Juan de que la ayude en su transición. Primero el pobre muchacho se había negado, pero ante los lamentos de su amada había decidido ayudarla. Consiguió un arma y decidieron los dos, que todo se harían cerca a su hogar. Incluso la fecha y hora era especial para los dos. Era el día de su aniversario, sí, el de cuando se conocieron y enamoraron. El día de su primera cita como pareja.
Jenny estaba enferma y ella no sabía cómo es que una enfermedad tan terrible se había desarrollado en su interior sin dar ningún anuncio. Eso la tenía desconcertada y deprimida. Quería cruzar hacia el otro lado, hacia el otro mundo sin pecado y por ello es que Juan debía ayudarla. Fue el primer y único acto egoísta en su vida, y Juan al final estuvo feliz de hacerlo.
Juan ahora permanece encerrado en prisión encerrado en su mundo en donde Jenny está viva y siguen viviendo el sueño de la vida feliz con una hermosa y buena mujer a su lado, que le ha dado hijos maravillosos y ha hecho de su existencia la más feliz del mundo.
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