Juan está sentado en una banca. A su lado está su enamorada Jenny con la cabeza gacha y con el cañón de una pistola en la sien. Juan la sostenía y su mano temblaba pues sabía que debía jalar del gatillo. Quizá fueron segundos o minutos los que transcurrieron antes de que Juan apretara el gatillo. Parece que el silencio invadió todo el local. Juan sólo escuchaba su respiración agitada mientras miraba el rostro sereno de Jenny. Tenía los ojos cerrados, parecía como si rezara preparándose para la muerte.
Jenny, después de susurrar algunas palabras que no fueron entendidas por Juan le dijo en voz alta: estoy lista, y fue ese el momento que se escuchó el disparo. El estruendo se escuchó en todo el vecindario y todos salieron a la calle para averiguar qué había sucedido. Nadie imaginaba encontrarse con semejante escena. Sentado sobre un banco del parque, estaba Juan sosteniendo una pistola y sobre su regazo sostenía con la otra mano a Jenny. Estaba complemente ensangrentado y lloraba en silencio.
Roberto uno de sus vecinos y amigo personal, se acercó a él y le quitó el arma. Juan ni se inmutó, sólo se aferró a Jenny, mientras un río de lágrimas brotaban de sus ojos. Era una escena escalofriante y llena de culpa. En pocos minutos llegó la Policía al lugar y cuando intentaron acercarse a Juan, éste se aferró más al cuerpo de su amada y no permitía que los separen de ella. Todos estaban conmocionados. Era la primera vez que se encontraban con una escena de esta naturaleza y permitieron por unos minutos que Juan se quede junto a ella.
La hermana de Jenny, Susana, llegó hasta el lugar y como sabiendo lo que había sucedido, se acercó a Juan y le susurró algo al oído. Recién en ese momento se separó de su amada. La recostó sobre la banca y se entregó a la Policía. Mientras era llevado hasta una unidad policial, los forenses y especialistas en criminalística revisaban la escena del crimen y simplemente se preguntaban por qué. Tenían el arma homicida y también al culpable. Sabían que el homicida se produjo en ese mismos lugar, la banca del parque, pero no sabían porqué Juan le disparó en la cabeza a su amada.
Entrevistando a los vecinos, éstos le dijeron a los investigadores que Juan y Jenny vivían juntos desde hacía unos cuatro años, y habían comenzado los preparativos para casarse ya que querían tener hijos, pero de un momento a otro todos sus planes se detuvieron y todo acabó ese mismo día. Nadie pudo dar una razón exacta para lo sucedido. Ninguno pudo decir que vivían como perro y gato, que quizá hubo infidelidad u otra cosa. Nadie simplemente sabía algo.
Era extraño, pero los agentes estaban decididos a descubrir la verdad.
Juan fue llevado a la estación de Policía y allí pidió hablar con Susana. Le prometió al Teniente Jorge González, que luego de ello contaría toda la verdad, pues no pensaba eludir su responsabilidad. Le dijo que era culpable y que los motivos del crimen los daría después. El detective accedió a su pedido y Susana ingresó a la sala de interrogatorios. Sostuvieron una conversación en un tono tan bajo que los micrófonos existentes en la sala no podían captar nada bueno. Susurraban palabras y ambos lloraban. Después de una hora de charla, ésta fue interrumpida por el fiscal a cargo de las diligencias. Molesto porque el policía había permitido se realice esa conversación exigió a Susana que se retire de la sala. Le pidió a uno de sus asistentes la interrogue hasta que revele su diálogo con el criminal. Susana se mantuvo callada todo ese tiempo y debieron soltarla.
Juan en cambio comenzó a contar la historia vivida con Jenny hasta el punto final, que terminó con la muerte de ella. Le contó al fiscal que ella era una mujer alegre con muchas ganas de vivir, pero que de un momento a otro decidió dejar de vivir. Le dijo que no había ninguna razón para seguir luchando por una vida alegre, pues ésta no dudaría. No duraría la felicidad de formar una familia, de ver crecer a sus hijos y también de aspirar a ser abuela.
Cada vez más el interrogador se sentía más confundido. No sabía qué preguntar, pues no conocía su historia y lo que le habían contado no era lo suficiente como para realizar un interrogatorio adecuado, así que debía ser paciente y escuchar. Juan continuaba, hasta que reveló una pista fundamental. Dijo: todo cambió cuando fue al médico y desde ese entonces se volvió una persona sombría.
El oficial preguntó en ese momento, a qué médico había ido y Juan le dio la información que necesitaba. Jenny había ido a hacerse tratar para tener hijos. Asistió a una clínica de fertilidad pues tenía 28 años y quería ser madre. Los médicos al momento de hacerle los análisis descubrieron que se encontraba enferma. La derivaron a un especialista en oncología quien descubrió que padece un cáncer agresivo al estómago y que poco se podía hacer para controlarlo. Debían atacarlo agresivamente con quimioterapia, pero los médicos no podían asegurar resultados exitosos.
Uno de los médicos le había recomendado de que lleve una vida de calidad pues en su condición el tiempo de vida no era mucho. Eso provocó en ella una severa depresión, lo que la llevó a planificar su muerte. Sabía que si se suicidaba iba a comerte un pecado mortal y no quería quedar como un alma en pena. Ella era una mujer profundamente religiosa y sabía que su entierro sería en un terreno no consagrado y no podría recibir la extremaunción ni mucho menos que un sacerdote oficiara una misa en su nombre. Por eso le pidió al amor de su vida que la ayude a acabar con su sufrimiento.
Pasaron muchos días hasta que logró convencer a Juan de que la ayude en su transición. Primero el pobre muchacho se había negado, pero ante los lamentos de su amada había decidido ayudarla. Consiguió un arma y decidieron los dos, que todo se harían cerca a su hogar. Incluso la fecha y hora era especial para los dos. Era el día de su aniversario, sí, el de cuando se conocieron y enamoraron. El día de su primera cita como pareja.
Jenny estaba enferma y ella no sabía cómo es que una enfermedad tan terrible se había desarrollado en su interior sin dar ningún anuncio. Eso la tenía desconcertada y deprimida. Quería cruzar hacia el otro lado, hacia el otro mundo sin pecado y por ello es que Juan debía ayudarla. Fue el primer y único acto egoísta en su vida, y Juan al final estuvo feliz de hacerlo.
Juan ahora permanece encerrado en prisión encerrado en su mundo en donde Jenny está viva y siguen viviendo el sueño de la vida feliz con una hermosa y buena mujer a su lado, que le ha dado hijos maravillosos y ha hecho de su existencia la más feliz del mundo.
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