Un día te conocí, en dos días nos hicimos amigos y al cabo de una mes éramos enamorados. A
los dos meses tuvimos nuestra primera pelea fuerte. Nos no hablamos por un par
de días, pero la reconciliación fue espectacular. Al cabo de seis meses,
creíamos que nuestra relación era fuerte, pero descubrimos cierta fragilidad y
trabajamos en ello y al poco tiempo creímos que nuestros temores se habían
esfumado.
Poco más de los ocho meses de relación nos percatamos que
estábamos cayendo en la rutina y decidimos darnos más espacio, para recobrar
–según nosotros- la libertad que nos habíamos arrebatado al ingresar a esta
relación. Al llegar casi a los nueve meses del inicio de esta aventura amorosa,
pese a los altibajos, decidimos dar un paso hacia delante y pensamos en
convivir. ¿Fue un error? No lo sé, pero soy feliz.
Al primer mes de convivencia, año un mes de relación,
descubrimos que éramos tan diferentes el uno del otro, que se nos hacia difícil
tolerarnos. Cada quien con sus manías y costumbres que ninguno quería dejar o
simplemente no estábamos dispuestos a realizar los cambios necesarios para
poder acoplarnos mejor y hacer nuestra convivencia más apacible.
A los tres meses de vivir juntos
estábamos como perro y gato, pero aún así nos queríamos. A los seis meses de
estar juntos la cosa mejoró y las riñas cesaron considerablemente. Parecíamos
nos mininos chochos que se acicalaban el uno al otro. A los nueve meses de esta
nueva relación empezaron los cambios en tu cuerpo, fuimos al médico y nos dio
la buena noticia. Chicos van a ser padres, dijo el doctor y pensé: nos jodimos,
que felicidad vamos a ser padres, qué miedo.