Una día, muy de noche, caminaba de regreso a mi casa luego
de ver una película en cine con unos amigos. Como siempre me movía de una
manera automática. Mis pies ya sabían el camino de memoria, mientras usaba mi
cerebro para pensar en cosas que creía eran más importantes. Camina y caminaba,
y pensaba y pensaba, nada ni nadie me sacaba de ese mundo y sólo tenía frente a
mi un camino solitario y una mente que volaba intentando razonar tantas cosas
que habían sucedido en el día y no llegaba a una conclusión satisfactoria.
Pensaba porque Dios, a veces, llevaba al límite la
resistencia de un pobre hombre que tenía un trabajo mal remunerado y que debía
enfrentar sólo la grave enfermedad
de su esposa o de un hijo. De aquel padre de familia que no tenía para sacar de
la miseria a su familia y pensó –en su desesperación- que su muerte será la
mejor solución a todos los problemas que, a su razonamiento provocaba a sus
seres queridos.
No entendía porqué Dios con toda su bondad y misericordia,
permitía que llegue al mundo un niño con graves deformidades que de sobrevivir
a su condición médica, se convertiría un fenómeno que con el paso de los años
sería la burla de propios y extraños. Pensaba por un instante que Dios, o como
quieran llamarlo en las otras religiones, en su infinita sabiduría
confeccionaba el destino de cada una de sus creaciones humanas con un fin, con
un propósito superior, que con el paso de los años entenderíamos.
Por momentos volvía a la realidad y veía
que estaba cada vez más cerca de mi casa; y nuevamente se zambullía en mis
pensamientos y búsqueda de respuestas existenciales. Nuevamente me cuestionaba
porque estaba cuestionando la sabiduría del Creador y surgía una nueva teoría.
Y si esta vez mi misión en esta vida era cuestionar sus acciones y su infinito
amor por el hombre. No lo sé, lo seguiré pensando.
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