Hubo una vez que me invitaron a comer a un conocido
restaurante de la ciudad. Las expectativas no eran muchas, además era algo
rápido pues debíamos ir a trabajar. Señores buenas tardes, se acercó diciendo
una de las camareras que de inmediato nos dijo sería la encargada de atendernos
y de tomar nuestros pedidos.
Hasta ese momento nada era algo inusual. Señores tenemos de
almuerzo, tal y cual cosa, pero de entrada sólo tenemos sopa. Nada más sopa,
dijo uno de muchos, sí, replicó la camarera. No queda opción, que sea sopa.
Nada hacía pensar que al momento de recibir nuestros pedidos nos llevaríamos
una gran, pero gran sorpresa. La sopa estaba, literalmente, quemada.
No es una broma, es la pura verdad. Cuando Juan dio la
primera cucharada lo primero que dijo fue: la sopa está quemada. Nosotros nos
reímos al unísono y no le creímos en ese
momento. Pero cuando también dimos la primera probada ter minamos por darle la
razón. Los fideos estaban medio negros por la excesiva cocción, las papas
habían corrido la misma suerte y no que decir de la carne que le habían echado.
Llamamos a la camarera y le preguntamos que qué tipo de sopa
nos había servido. A la minuta respondió. Pero no se parecía en nada a los que
era el plato. Fue Sara quien tomó la palabra y le muy molesta le dijo que el
plato que nos habían servido era un asco y que ya no sirva el resto del pedido.
La joven, sin perder la compostura, perfecto pero les voy a traer la cuenta de
lo que han consumido. Qué sinvergüenzas, dijo Sara, nos atienden mal y todavía
nos quieren cobrar por comida que no es apta para el consumo, dijo molesta y
volteando hacia Ignacio,,le dijo que llamara al serenazgo y la Policía para que
intervengan el local.
Al ver la discusión la supervisora de camareros se acercó a
nuestra mesa y preguntó qué sucedía. Luego de explicarle lo sucedido, intentó
justificar lo sucedido diciendo que era la receta especial del cocinero, pero
que como no había sido de nuestro agrado no nos cobrarían nada y podíamos irnos
cuando quisiéramos, ya que no nos denunciarían.
Era algo verdaderamente inaudito lo que sucedía, estaban en
falta y todavía querían voltear la situación a su favor. Nos levantamos de la
mesa y Sara empezó a grabar, con su teléfono celular, los platos de sopa con su
contenido quemado y salimos del local revelando cuáles eran nuestras
intenciones. Los denunciaremos ante Indecopi, les gritó Sara, y luego
abandonamos el lugar sin haber comido nada.
Lo único de bueno de todo esto, fue la promesa
de nunca más volver a comer en ese restaurante, como también tampoco a
recomendarlo con ninguno de nuestros amigos o conocidos.
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