Son las seis de la mañana. Hora de levantarse y de ir a trabajar. Qué flojera el tener que dejar tu cama, en donde te sientes tan confortable, pues el frío de la mañana es intenso y te invita a quedarte en cama. Pero así quieras hacerlo, debes levantarte. Primero te estiras y te desperezas, luego con el dolor de tu alma tiras la colcha con la que te abrigaste toda la noche a un lado y sales de la cama. Sientes un frío que te invade y te terminas de despertar.
En ese momento piensas, hay que ir a trabajar. ¡Qué lata!. ¡Quién habrá inventado el trabajo!, pero sigues la misma rutina de siempre. Te pones las habituales sandalias y te diriges al baño, que para colmo de males se encuentra ocupado y debes esperar. El tiempo pasa y te comienzas a impacientar hasta el punto que gritas: ”Mariana avanza que ya es tarde”, y Mariana sale del baño con toda la paciencia del mundo y se dirige a cambiarse para ir a trabajar, mientras que tú, toda apurada tienes que bañarte, tomar desayuno y alistarte para salir a tu centro de trabajo.
Vuelves a pensar, ¿Quién habrá sido el ocioso que inventó el trabajo”, y sales de tu casa para dirigirte a trabajar. Felizmente al llegar al paradero de combis, encuentras uno que te llevaba y te deja casi en la puerta del colegio en donde trabajas. Ya en la puerta del plantel, ves que hay algo raro en el patio. Hay un estrado que no dejaste al día siguiente. De repente eres sorprendida por una de tus alumnas que te dice: “Buenos días miss Karina”, y piensas, “con las justas cuando termine la primaria sabrá medio leer y ya quiere hablar inglés; pero pese a todo le devuelves el saludo con una sonrisa a flor de labio. La pequeña te toma de la mano y te lleva al salón de clases y todos tus alumnos cuando te ven entrar te dan un fuerte: Buenos días miss Karina. Te sorprendes al ingresar y encontrar un aula completamente pintada de verde, pues la anterior pintura estaba toda de colorada y las paredes lucían sucias. Colgados hay cuadros con las fotos de los héroes nacionales y un mapa del Perú ha sido pintado en la pared del fondo. Miras con estupor tan radical cambio de esa aula vieja, por una remozada. Te llenas de alegría y observas todo con atención, mientras tus alumnos te admiran caminar por los pasillos del aula. Ellos al igual que tú fueron sorprendidos con tan grato regalo y comparten tu alegría.
Luego alguien toca la puerta y te saca de ese sueño en el que habías caído. Volteas atenta a ver quién es y ves a un grupo de padres de familia, que inmediatamente te pide permiso para ingresar, y les das un sí asentando con la cabeza. Uno de ellos, llamado Pedro, te da la mano y te dice que no te sorprendas por el cambio del aula, pues simplemente se trataba de un trabajo de los padres para compensar en algo todo el esfuerzo que haces por enseñar cosas buenas a sus hijos.
Recién en ese momento comenzaste a entender lo que sucedía y por un instante te viste obligada a controlarte pues casi derramas unas lágrimas. Nunca pensaste que los padres de tus alumnos, realmente entendieran el sacrificio que a diario hacías por sus hijos. Te conmovió. Les distes la mano a cada uno de ellos, pues sacrificaron toda una noche y madrugada para poder terminar sólo en horas, el trabajo que a veces se hace en semanas. Ellos también sacrificaron algo en retribución a todo tu esfuerzo. Esa vez la lección la dieron ellos y tú fuiste la alumna.
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