Cuando niño frente a mi casa había un extenso campo de Girasoles el que hoy en día ya no existe. Es una pena, pues tengo buenos recuerdo de ese hermoso campo de Girasoles. Recuerdo por ejemplo que la vieja pandilla callejera los recorría de principio a fin jugando a la guerrita, o los indios. De vez en cuando la utilizábamos como una cancha para jugar fútbol, disputas que siempre terminaban en excepcionales broncas en las que los más pequeños terminaban con la nariz sangrando. Uno de ellos era yo, pues siempre era arrastrado por mi hermano mayor a sus aventuras, las cuales detestaba en unos inicios, pero con el paso de los días empecé a disfrutar.
Fueron buenos tiempos, pues en la casa de toda la cuadra no faltaban los arreglos florares únicamente de Girasoles. Nuestras madres ya estaban aburridas de esa bellas flores, que hoy en día son incomprendidas, pues por sus proporciones las consideran feas y en realidad no sé porqué.
Hubo un día cuando toda la pandilla, Germán, Rodrigo, Harry, Damian, Héctor, Silvestre, Domingo, Manuel, nuestro siempre querido Fortunato y el pequeñín Sebastián nos fuimos a jugar un partido de fútbol con la pandilla del barrio vecino y fue toda una calamidad. La bronca empezó en la cancha de fútbol y terminó en las calles, con padres de familia incluidos en tremenda bronca. Fue espectacular. Llovían patadas, puñetes, semejantes trompadas que dejaban cada ojo o labio roto.
Pero lo más espectacular de todo fue ver a mi madre salir en defensa de mi padre, quien en desventaja, pues enfrentaba a tres tipos más fornidos que él, intentaba sacarme de todo el tumulto. El negro les hizo frente hasta donde pudo y mi madre no intervino hasta que lo vio caer. Papá sabía defenderse, tiraba su bronca, pero esa vez se vio superado. En cambio mi madre era conocida en el barrio como una mujer apacible e indefensa, pero eso cambió ese día. Nadie pudo entender como un una mujer de de apenas un metro sesenta de estatura se lanzó contra los tres hombres que tenían en el suelo a su esposo y de sendos derechazos los hizo retroceder dándole tiempo a su esposo de levantarse y de poder defenderse como se debía.
Después de ese día los vecinos del barrio vieron con otros ojos a mi madre. No sé si infundía respeto o temor, pero todos la tenían siempre presente. Mi papá desde ese momento le llamó (con cariño por supuesto) “Mano de piedra Durand”, pues decía que tenía una derecha poderosa. Eso lo pudo comprobar años después, cuando ya de adulto llegué borracho a la casa y me deshice de todas sus plantas en una sola noche. Ebrio y tambaleándome arrojé al suelo todos sus maceteros y cuando se levantó al día siguiente y yo aún estaba medio grogui por la borrachera mi madre de una sola trompada me hizo regresar a los brazos del dios Morfeo.
El campo de Girasoles representó muchas cosas para nuestra niñez y al mismo tiempo fue el único lugar hermoso en donde una gran pequeña pandilla vivió momentos de mucha felicidad. Como el que vivimos en una primavera de 1978. Un día despertamos todos y nos fuimos de campo, pero no sabíamos que estábamos en una zona peligrosa. Por ese entonces tendría unos seis o siete años cuando mi hermano mayor, sin pedir permiso me llevó a su excursión. Todo fue tan repentino que o supe qué hacer. Pasamos de estar sentados jugando entre todos a comenzar a correr en estampida y escuchar fuertes ruidos tan fuertes que entramos en pánico. No sabíamos que estábamos en medio del nuevo campo de tiro de la Fuerzas Aérea y justo se les ocurrió iniciar sus prácticas. Cuando nuestros padres se enteraron de lo que había sucedido estuvimos casi un mes castigados. Entre los demás muchachos del barrio fuimos unos héroes.
En ese campo de Girasoles, conocí quien fue primer amor y con quien tuve mi primer beso. Fue una experiencia que marcó mi vida y que hasta hoy ya de viejo recuerdo con cariño y pocas veces lo cuento y esta no será una excepción. Sólo eso es lo que les voy a contar.
Girasol, hermosa flor, que nos muestra de una manera peculiar lo que es la belleza y que marcó mi niñez, la cual no olvidaré.
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