viernes, 7 de septiembre de 2012

Por los buenos momentos


Que despertar. La cabeza me duele y comienzo a recordar de a pocos todo lo que hicimos en la noche. No sé muchachos, pero no recuerdo con exactitud cuándo fue la última vez que nos emborrachamos de esa manera. ¿Qué desastre debemos hacer en ese pobre bar? Antes de terminar el colegio, la última reunión que recuerdo (al menos de lo que mi memoria saca a luz), fue cuando celebramos que todos logramos superar con éxito la quinta nota. Esa maldita evaluación en la que te tomaban lo desarrollado en clases, en una sólo prueba para desarrollar en dos horas. Qué martirio. Pero lo superamos con éxito. Fuimos, recuerdo, la primera promoción, que después de una década, había logrado que todos sus estudiantes egresen, claro está que algunos debían subsanar cursos en enero, pero al fin de cuentas habíamos terminado el año y podíamos postular a la universidad.
Muchos de nosotros teníamos aspiraciones. Queríamos ser militares, pero algunos por presupuesto y otros por salud, no lo logramos. Pero seguimos nuestros caminos y la gran mayoría somos profesionales de éxito, al menos así lo quiero creer.
El reencuentro a puerta de celebrar los 25 años de egresar del colegio, ha sido reconfortante, pues hemos recordado etapas de nuestras vidas, qué quizá se encontraban refundidas en nuestros recuerdos. Como aquella vez cuando nos escapamos del colegio para evitar entrar a la clase de física elemental, pues el profesor nos caía mal y siempre nos ofrecía de voluntarios para desarrollar un ejercicio con el que sabía nos iba a poner 05 de calificación. Esa vez fue memorable. Trepamos las paredes y logramos alcanzar la calle y nos sentimos como presos que lograban escapar de su prisión y respiraban aire puro y no el enrarecido por todos esos olores que se acumulan dentro de una cárcel.
Creímos haber ganado esa partida, pero qué equivocados estábamos. No faltaba un tira dedo, que fue corriendo a la oficina del “Pelao Vera” y le contó que nos habíamos escapado. Luego por la tarde, cuando regresamos a clases de ese turno, fuimos recibidos por odioso “pelao Vera” quien nos dijo nos sentáramos juntos en el aula. Luego delante de todo nosotros comenzó a decir: “Muchachos, hoy han sido invitados a un quinceañero los siguientes alumnos”, y uno a uno nos fue mencionado a todos nosotros. A mi turno, el “pelao”, lo único que dijo fue: “Lo espera de todos menos de ti”, eres una vergüenza para tu tía y en especial de tu padre”. El desagraciado era muy amigos de mi papá y de mi tía, que trabaja en el mismo colegio, y no les había dicho de lo que había sucedido. Me dijo que esta vez nadie me salvaría y que debía enfrentar las consecuencias, sin el apoyo de nadie.
En ese momento no dije ni hice nada. Sólo esperé que llegaran las 4:45 de la tarde, y al escuchar el timbre de salida, lo único que hice fue salir corriendo y llegué a mi casa antes que mi viejo. Si llegaba antes que yo, me iba a ir mal. Pero gracias a Dios no fue así. Le conté lo sucedido a mi madre y le dije que en el sobre estaba el parte de suspensión por tres días y que debía firmarlo para poder entrar a clases y dar los exámenes de fines de bimestre que empezaban. Mi pobre madre, como siempre lo ha hecho, me dio todo su apoyo y no le dijo nada a mi padre. Me levantaba temprano y me hacía ir a la casa de mi abuela paterna, quien –pese a que casi nunca la visitábamos- siempre estuvo dispuesta a recibirnos sin preguntar nada. Fue al colegio y se entrevistó con el director y le prometió que nunca volvería a suceder una indisciplina de mi parte. El cura aceptó sus explicaciones, pues era mi primera falta grave y me permitieron dar mis exámenes.
Muchos de ese grupo no la tuvieron fácil. En mi caso la suspensión fue de tres días, pero hubo quienes fueron enviados a su casa por nueve días sin oportunidad de dar sus pruebas y fueron directo a la quinta nota. Tres fueron expulsados porque tenían acumulación de partes administrativos y poco tiempo después nos enteramos que sus padres no los habían puesto a estudiar en ningún colegio y los hicieron trabajar en sus chacras junto al resto de peones, en sus chacras. Al año siguiente los pusieron en colegios nacionales como castigo. Terminaron el colegio, pero no asistieron a su fiesta de promoción, pues ya habían tenido uno. Y fue con nosotros. Decidimos que debían estar con nosotros, porque nosotros éramos sus verdaderos hermanos. Nos conocíamos desde el nivel inicial y juntos fuimos pasando de año. Cuando uno flaqueaba o la veía negras en alguna clase, todos le metían punche y lo sacábamos adelante.
En la fiesta de promoción nos divertimos a la grande y bebimos de felicidad. Esa vez nadie nos dijo nada y nos dejaron ser, por primera vez en nuestras vidas, adultos e irresponsables. Fue genial. Mi madre reía de vernos felices y mi padre se sentía orgulloso, pues nunca pensó que terminaría el quinto año de secundaria sin ir a marzo o en este caso a enero. Fue sensacional.
Buenos recuerdos afloraron de esa borrachera. Fue nostálgico, pero gratificante. Supimos que nuestra infancia y juventud o época de colegial, fue intensa, fructífera y en especial fraterna. Todos estuvimos juntos y cuando nos distanciamos, de una u otra forma, nos mantuvimos en contacto. Ahora debemos seguir levantando nuestras copas y hacer un salud por los buenos recuerdos, muchachos. Salud y hasta la próxima.

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