Que despertar. La cabeza me duele y comienzo a recordar de a
pocos todo lo que hicimos en la noche. No sé muchachos, pero no recuerdo con
exactitud cuándo fue la última vez que nos emborrachamos de esa manera. ¿Qué
desastre debemos hacer en ese pobre bar? Antes de terminar el colegio, la
última reunión que recuerdo (al menos de lo que mi memoria saca a luz), fue
cuando celebramos que todos logramos superar con éxito la quinta nota. Esa
maldita evaluación en la que te tomaban lo desarrollado en clases, en una sólo
prueba para desarrollar en dos horas. Qué martirio. Pero lo superamos con
éxito. Fuimos, recuerdo, la primera promoción, que después de una década, había
logrado que todos sus estudiantes egresen, claro está que algunos debían
subsanar cursos en enero, pero al fin de cuentas habíamos terminado el año y
podíamos postular a la universidad.
Muchos de nosotros teníamos aspiraciones. Queríamos ser
militares, pero algunos por presupuesto y otros por salud, no lo logramos. Pero
seguimos nuestros caminos y la gran mayoría somos profesionales de éxito, al
menos así lo quiero creer.
El reencuentro a puerta de celebrar los 25 años de egresar
del colegio, ha sido reconfortante, pues hemos recordado etapas de nuestras
vidas, qué quizá se encontraban refundidas en nuestros recuerdos. Como aquella
vez cuando nos escapamos del colegio para evitar entrar a la clase de física
elemental, pues el profesor nos caía mal y siempre nos ofrecía de voluntarios
para desarrollar un ejercicio con el que sabía nos iba a poner 05 de
calificación. Esa vez fue memorable. Trepamos las paredes y logramos alcanzar
la calle y nos sentimos como presos que lograban escapar de su prisión y
respiraban aire puro y no el enrarecido por todos esos olores que se acumulan
dentro de una cárcel.
Creímos haber ganado esa partida, pero qué equivocados
estábamos. No faltaba un tira dedo, que fue corriendo a la oficina del “Pelao
Vera” y le contó que nos habíamos escapado. Luego por la tarde, cuando
regresamos a clases de ese turno, fuimos recibidos por odioso “pelao Vera”
quien nos dijo nos sentáramos juntos en el aula. Luego delante de todo nosotros
comenzó a decir: “Muchachos, hoy han sido invitados a un quinceañero los
siguientes alumnos”, y uno a uno nos fue mencionado a todos nosotros. A mi
turno, el “pelao”, lo único que dijo fue: “Lo espera de todos menos de ti”,
eres una vergüenza para tu tía y en especial de tu padre”. El desagraciado era
muy amigos de mi papá y de mi tía, que trabaja en el mismo colegio, y no les
había dicho de lo que había sucedido. Me dijo que esta vez nadie me salvaría y
que debía enfrentar las consecuencias, sin el apoyo de nadie.
En ese momento no dije ni hice nada. Sólo esperé que
llegaran las 4:45 de la tarde, y al escuchar el timbre de salida, lo único que
hice fue salir corriendo y llegué a mi casa antes que mi viejo. Si llegaba
antes que yo, me iba a ir mal. Pero gracias a Dios no fue así. Le conté lo
sucedido a mi madre y le dije que en el sobre estaba el parte de suspensión por
tres días y que debía firmarlo para poder entrar a clases y dar los exámenes de
fines de bimestre que empezaban. Mi pobre madre, como siempre lo ha hecho, me
dio todo su apoyo y no le dijo nada a mi padre. Me levantaba temprano y me
hacía ir a la casa de mi abuela paterna, quien –pese a que casi nunca la
visitábamos- siempre estuvo dispuesta a recibirnos sin preguntar nada. Fue al
colegio y se entrevistó con el director y le prometió que nunca volvería a
suceder una indisciplina de mi parte. El cura aceptó sus explicaciones, pues
era mi primera falta grave y me permitieron dar mis exámenes.
Muchos de ese grupo no la tuvieron fácil. En mi caso la
suspensión fue de tres días, pero hubo quienes fueron enviados a su casa por
nueve días sin oportunidad de dar sus pruebas y fueron directo a la quinta nota.
Tres fueron expulsados porque tenían acumulación de partes administrativos y
poco tiempo después nos enteramos que sus padres no los habían puesto a
estudiar en ningún colegio y los hicieron trabajar en sus chacras junto al
resto de peones, en sus chacras. Al año siguiente los pusieron en colegios
nacionales como castigo. Terminaron el colegio, pero no asistieron a su fiesta
de promoción, pues ya habían tenido uno. Y fue con nosotros. Decidimos que
debían estar con nosotros, porque nosotros éramos sus verdaderos hermanos. Nos
conocíamos desde el nivel inicial y juntos fuimos pasando de año. Cuando uno
flaqueaba o la veía negras en alguna clase, todos le metían punche y lo
sacábamos adelante.
En la fiesta de promoción nos divertimos a la grande y
bebimos de felicidad. Esa vez nadie nos dijo nada y nos dejaron ser, por
primera vez en nuestras vidas, adultos e irresponsables. Fue genial. Mi madre
reía de vernos felices y mi padre se sentía orgulloso, pues nunca pensó que
terminaría el quinto año de secundaria sin ir a marzo o en este caso a enero.
Fue sensacional.
Buenos recuerdos afloraron de esa borrachera. Fue
nostálgico, pero gratificante. Supimos que nuestra infancia y juventud o época
de colegial, fue intensa, fructífera y en especial fraterna. Todos estuvimos
juntos y cuando nos distanciamos, de una u otra forma, nos mantuvimos en
contacto. Ahora debemos seguir levantando nuestras copas y hacer un salud por
los buenos recuerdos, muchachos. Salud y hasta la próxima.
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