Nunca antes había visto un cielo tan limpio y estrellado
como el de esa noche. Era un día especial. Era el día de Santa Rosa y estábamos
en lo que es parte de su santuario, Quives. El grupo de escolares que fuimos escogidos
para ese viaje nos creíamos listos y pensábamos que nadie nos veía o nos
encontraría. Qué gran desilusión al saber que siempre estuvimos en la vista de
los seminaristas y sacerdotes que nos dictaban las charlas.
Si, aunque no lo crean, fue uno de los más diez alumnos que
los curas del colegio en donde estudiáb, eligieron para participar del curso de
selección de vocaciones. En este caso era para descubrir si teníamos la
vocación de servicio y por ende la sacerdotal. Nunca me gustó la idea de ser
cura, pero a mi madre le encantaba. Al final opté por una carrera de servicio
como es la del periodismo.
Recuerdo que era 1987 o quizá 88, no lo tengo muy seguro.
Pero era el último día de nuestra estadía en el local del seminario de curas
vicentinos y nunca nos habían permitido ir a la azotea, desde donde el paisaje
era espectacular. Recuerdo que con unos amigos del colegio San Vicente de Ica
decidimos escaparnos por la noche para ver de madrugada ese maravilloso paisaje
que se nos había negado hasta ese momento.
Esperamos a que todos se durmieran y que se apaguen las
luces. Nos escabullimos por las habitaciones y no terminamos hasta llegar al
techo. Ahí pudimos ver a dos de los seminaristas que se encontraban conversando
recostados sobre uno de los muros. A uno le decían ‘Chuno’ como el perro que
los curas criaban. Recuerdo que le dieron ese sobrenombre pues él lo había
salvado de morir y desde ese entonces el animal no se separaba de él. El otro
era Emilio, un recio hombre que nunca retrocedía y que siempre estaba empujando
hacia delante sin percatarse que quizá se hacía daño.
La escena parecía salida de una película. Los dos hombres,
estaban en ese momento confirmando su pertenencia a la iglesia Católica
Apostólica Romana, aceptaban sus responsabilidades y asumían el trabajo (duro y
hasta veces incomprendido) de ser uno de sus representantes. Habían hecho una
especie de altar que era iluminado por esa espectacular luna que tenía como
fondo un cielo serrano hermosamente decorado por las estrella. Se iniciaba el
día de Santa Rosa y creo que habían escogido esa fecha, porque ese día empezaba
el fin de la jornada que duró más de diez días.
Ambos hicieron una especie de misa concelebrada y los únicos
testigos de ese compromiso que asumieron esa noche fuimos nosotros. Fue una
verdadera misa y quizá no vuelva a ver ninguna oficiada con tanto cariño,
respeto y especialmente sentida. Ambos
hombres elevaban sus brazos al cielo, pidiendo fuerzas y al mismo tiempo
sabiduría para cumplir con ejemplo la misión que se les encomendaría. Por sus
rostros corrían lágrimas de emoción y al final un fuerte abrazo.
Ellos la vivieron, la encarnaron y principalmente fueron
honestos con ellos mismos. Sabían que querían el sacerdocio más que nada en la
vida. Tiempo después supe que se ordenaron sacerdotes y aceptaron las
comisiones más lejanas y sé que aún las cumplen con devoción.
Con respecto a cuál fue mi respuesta cuando me preguntaron
si había oído el llamado de Dios, es simple, escribo sobre ella como una bonita
anécdota, como un viaje de aprendizaje y de fortalecimiento del carácter.
Cuando regresábamos a nuestras habitaciones, en
la puerta nos esperaba uno de los curas que nos preguntó si nos había gustado
lo que habíamos visto, mi respuesta fue sí, pues no cambiaría esta experiencia
por nada. De regreso a Chiclayo, muchas cosas cambiaron en mi vida y aún siguen
cambiando cada vez que recuerdo ese viaje.
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