jueves, 6 de noviembre de 2008

Bajo el Algarrobo

Una tarde me encontraba trabajando en el campo y de pronto me sentí cansado, fatigado y hasta hastiado de tanto labrar la tierra para sembrarla y esperar largas semanas y meses para cosecharla. No sé del porqué de ese sentimiento, pero sentí mucho desgano. Dejé la palana a un lado y ante la mirada de mis hermanos, de mi esposa, hijos y sobrinos, me fui a sentar a la sombra de un viejo algarrobo que estaba cerca de mi hogar.
Todos me miraron, pero nadie me dijo nada. Pensé en ese momento que notaron mi cansancio y que por ello nadie me increpó nada. ¡A quién le importa lo que puedan pensar!, dije en silencio y me senté con cierta dificultad. Me dolían las rodillas y la cintura de tanto estar inclinado palaneando la tierra.
Me recosté en el tronco y simplemente cerré mis ojos. En ese momento pensaba en todo lo que me dolía y decidí no dedicar tanto tiempo a esos males, así que busqué entre mis recuerdo los momentos más felices que había vivido hasta el momento.
Por un instante me ví corriendo de niño por el campo detrás de mi madre quien iba junto a mi hermano mayor al pueblo a comprar. Valle Hermoso quedaba muy lejos de Las Lomas y ella no quería llevarme pues sabía que al final iba a terminar cargándome y el pobre de mi hermano sería el que más sufriría, pues tendría que echar al hombro todas las compras hechas. Al final me quedé sentado llorando y gritándole a mi pobre madre que era una mala.
Estaba relajado y continué recordando. Esta vez ya había terminando el colegio. Ví viejos amigos, de quienes no sabía nada desde hacía mucho tiempo. Recordé a Carlos, Jorge y Luis, la pandilla que era inseparable en esos tiempos. Recordé a Ignacio, ese pata era todo un caso. Tenía unos sesenta años de edad y era recontra que enamorador. Una vez desapareció del pueblo pues se había involucrado con una quinceañera y la solución para que no vaya preso era el que se casara con ella y por supuesto él no aceptó, así que no le quedó otra que salir corriendo del pueblo.
Lo que muy pocos supieron fue que su idilio con esa chibola se descubrió porque fue Carlos, en complicidad nuestra, quien envió una carta a sus padres de Ana María contándoles todo. Él había estado enamorado de ella y no pudo soportar que un viejo se la haya robado.
Don Ismael y su esposa doña Rosa, llegaron una tarde a la casa de Ignacio y los descubrieron en pleno acto amatorio. Por poco y provocamos una desgracia, pero al final no hubo ninguna muerte, pues Don Ismael quería cobrar esa afrenta con sangre. Después de esos hechos no volvimos a ver a Ana, pues supinos que sus padres la enviaron a Valle Hermoso con unos tíos que se mudaron a la capital Valle Grande. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Qué habrá sido de Carlos?, pues una vez que terminamos el colegio él se fue del pueblo, Algunos nos dijeron que fue detrás de Ana, pero hay quienes dicen que simplemente quiso desaparecer y al parecer lo logró.
Qué habrá sido también de Jorge y Luis. Ellos querían estudiar una carrera, querían ser algo diferente a sus padres que toda su vida fueron agricultores. Siempre decían que merecían algo mejor. Por ello decidieron abandonar el pueblo. Hace unos años supe que Jorge logró ser médico, pero nunca regresó a Valle Hermoso. Ah! Los amigos ya no están, sólo están las penas y la soledad.
Ahora mi mente da un salto brusco y de repente me veo sentado a la mesa con mi esposa Amanda y mis dos hijos mayores, Fernando y José. Ellos aún son niños y el más pequeñín me mira y me dice: Sabes qué papá, te quiero mucho y me sonríe. El ver su rostro resplandeciente me da tranquilidad. Me quedo contemplándolo por un largo rato, hasta que Amanda me mueve del brazo y me dice: come que se está enfriando su cena.
La miro fijamente y me llevó una cucharada de arroz a la boca.
Ya cuando estamos en la cama, la abrazo y le pregunto al oído: ¿He sido bueno contigo? ¿He sido buen padre? ¿He sido un buen esposo?. Ella me mira fijamente y con ternura en los ojos me dice, todos somos buenos en la medida que podemos, y sí eres buen esposo, buen padre y eres bueno conmigo. Luego hicimos el amor y fue una explosión de emociones que nunca había experimentado y que me hicieron sentir un hombre completo. Sabía que mis hijos me querían, que mi esposa me amaba y que no le había dado una mala vida. No había nada más que pedir. Sabía que ellos ya eran todos unos hombres y que eran buenos. Sabía que les había dado un buen ejemplo, pero también sabía que estaba viejo y muy cansado. Ahora debía dormir y tomarme un largo y prolongado descanso, aquí bajo el Algarrobo, el que sembré cuando chico y ví crecer. Ahora me sirve de descanso, sus ramas evitan que el sol me dé en la cara, pues sabe me molesta. Sabe que me abriga y en este momento me conforta. Ahora debo despedirme de todos y seguir mi camino.
Brevemente abro mis ojos y los veo a todos rodeándome, me miran serenos y mi esposa con su encanecido pelo me toma de la mano y me dice: Nos veremos pronto, ahora descansa, y así lo hago. Cierro lo ojos y me quedo profundamente dormido.

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