El campo, el verdor del prado que encuentro frente a mí me hacen sentir reconfortado. Me hacen sentir liberado del abrumador y cotidiano trabajo. Sentir el suave céfiro en mi rostro, es algo de otro mundo. Es tranquilizador, es toda una terapia que te permite relajarte y sentirte otra persona.
Hacía tiempo que no visitaba el campo. Después de tanto tiempo retornaba y lo encontraba extraordinariamente medicinal. Estaba feliz, estaba decidido a sacarle el máximo de los provechos a esta experiencia, que quizá no se presentaría sino dentro otras dos décadas. Quizá para ese entonces ya no esté vivo.
Es un buen momento para dejar libre a la imaginación. Dejar que se explaye y comience a hilar historias como las que contábamos en los patios del colegio al anochecer, luego de cumplir con el castigo impuesto por los curas por llegar tarde a clases.
Recuerdo una en especial. Una que contó Miguel Ángel, uno de mis mejores amigos, de quien hace años no tengo noticias. Narró que en una oportunidad su abuelo, proveniente de la sierra cajamarquina le contó una vieja historia del un hombre-ave con una sola pierna, que aparecía en la espesura del bosque cada noche de luna nueva.
Miguel contó que la historia de su abuelo se centra en el desafío impuesto a un joven, quien debía probar su valentía a los miembros de su comunidad. Le dieron a escoger tres pruebas. La primera consistente en someterse a pruebas de rigor físico; la segunda un duelo con el campeón del pueblo y la tercera la dejaban a su elección. Le dieron unos minutos para que decida, cual de todos desafíos deseaba escoger y así ocurrió.
Abel, quien era el joven puesto a prueba, decidió que él escogería cual desafío enfrentar y le comunicó a la asamblea que enfrentaría al hombre-ave, y que les llevaría prueba de ello. Pronto aparecería la luna nueva y se preparó todo, para que esta iniciación del joven, que se convertiría en hombre, no tenga retrasos. Todos había quedado sorprendidos por la elección de Abel, incluso hubo quienes intentaron convencerlo de que desista.
La tradición oral, cuenta que todo aquel que enfrentaba al hombre-ave, no vivía para contarlo. Siempre encontraban horrible muerte e incluso muchos de ellos nunca más eran vistos. Simplemente desaparecían de la faz de la tierra sin dejar ningún tipo de huella.
Pero Abel no entendió razones y continuó con su osado plan. Durante el día, visitó a un viejo curandero. Muchos le temían, pues pese a estar muy viejo –muchos creen que tenía más de cien años- podía ver a través de todo y a todos pese a su ceguera. Sus ojos eran completamente blancos, pero caminaba solo, sin que nadie lo ayude, realizaba sus mesadas e incluso podía mirarte fijamente a los ojos y hablarte. Su presencia era escalofriante, parecía tener un aura potente y oscura, su temple era firme y siempre que hacía alguna predicción, muchos se ponían a temblar, pues éstas se cumplían. Decían que se trataba de un hombre místico que conocía los secretos de los antiguos chamanes.
Ese día Abel, fue a verlo y se quedó en su choza casi todo el día. Minutos antes del atardecer, Salió y fue a despedirse de sus familiares. Les dijo: pronto nos vemos, tengan caliente la cena, que voy a regresar y de esa manera se adentro en la espesura del bosque.
Los lugareños se congregaron en la plaza principal del pueblo pues estaban conscientes que era una hazaña difícil de lograr. Mientras Abel permanecía en el bosque, muchos de los hombres comenzaron a hacer apuestas sobre la sobrevivencia de Abel en el bosque, inclusos algunos creían que iba a regresar corriendo al verse completamente solo en la oscuridad de la noche.
Abel llevaba ropa ligera y un poncho, con el que esperaba enfrentar el frío de la noche e incluso madrugada. Portaba un machete, un puñal, una cantimplora repleta de agua, un pequeño crucifijo colgado al pecho que le dio su madre y una botella aguardiente. No tenía más. Su padre le había querido dar una escopeta, pero la rechazó, pues le dijo que le iba a ser inútil contra ese extraño ser. Tenía lo que consideraba lo necesario y estaba confiado de ser el triunfador.
Las horas pasaban y por fin se escuchó el fuerte aleteo del extraño ente y supieron que se había iniciado la batalla entre Abel y su presa. Se escucharon extraños graznidos, y gritos del joven. Muchos quisieron ir en su ayuda, pero sencillamente se detuvieron, pues no era su desafío. Se quedaron parados y esperaron hasta el final. Las aves, revolotearon y extrañamente se fueron del lugar, pese a ser de noche. No quisieron ser testigos de tan cruenta batalla.
El enfrentamiento duró toda la noche y cuando el crepúsculo estaba pronto a dar paso al amanecer, todo se volvió silencio. Los primeros rayos de sol aparecieron y todos los hombres fueron a buscarlo. Lo hallaron tendido completamente ensangrentado, con heridas en todas partes del cuerpo y a su lado yacía muerto el viejo curandero, quien sólo tenía una sola pierna.
Abel fue llevado con le médico quien curó sus heridas. Después de ese día nadie volvió a hablar del tema. Años más tarde se supo que Abel descubrió el secreto del viejo curandero, quien le reveló la forma de cómo matarlo y al mismo tiempo liberarlo de esa maldición que su familia cargaba con el paso de las generaciones. No reveló más detalle, pero desde ese entonce esa extraña ave con forma humana nunca más fue vista
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