Te he soñado por última vez. Y en ese sueño evocaba los momentos más sublimes de nuestras vidas. Por ejemplo el día en que te conocí. Tú estabas sentada leyendo en una de las bancas de la universidad. Nada te molestaba, nada hacía que perdieras la concentración, nada perturbaba tu lectura y tampoco nadie se percataba de tu presencia. No sé porque en ese instante dirigí mi mirada hacia ti y te pude ver. En ese momento me sentí en paz, embelesado con lo que veía sin poder desprenderme de esa imagen que me había cautivado.
Era la primera vez que algo así me pasaba, pero que al mismo tiempo me permitió poder estar contento y al mismo tiempo en paz. En ese momento te había idealizado y no quería perder ese concepto.
Al día siguiente volví a ver esa misma escena y nuevamente quedé prendido de lo que veía. Pero esta vez me acerqué y te pregunté qué leías, tú con desdén me dijiste que no estaba a mi altura intelectual. Solté una soberana carcajada y te dije: eso crees; y continué caminando. Recordé que te molestaste mucho y estuviste por varios días con los diablos azules.
En nuestro tercer encuentro estabas a la defensiva, pero esta vez escuchaste y fuiste más sutil. Conversamos largo rato y por primera vez tuvimos un real contacto. Desde ese entonces empezamos lo nuestro.
Qué lindo sueño, pero tengo que despertar. Lo malo que al hacerlo me encontraré que ya no estás a mi lado, pero que tengo la esperanza de que en el algún, nos podamos reunir para recordar los lindos viejos tiempos
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