miércoles, 24 de noviembre de 2010

Travesuras

Alguien me dijo que la soledad era un buen consejero para los momentos difíciles, pero nadie me advirtió que mi mente sería el peor de mis castigos. En esos momentos, me he puesto a reflexionar qué he hecho bien y qué he hecho mal, y debo decir que no he encontrado una respuesta a todas las incógnitas que me invadían en cada momento, en esos momentos de soledad.
El recordar que ayer por la mañana me encontré con Mireya y no pude verle a los ojos porque sentía tanta vergüenza que quería la tierra se abra y me trague. El encontrarme con Antonio quien tenía el rostro amoratado por la paliza propinada la noche anterior.
¿Qué demonios sucedió? Me pregunto en silencio, mientras intento razonar el porqué de las acciones de la mayoría de nosotros. Medito y pienso, ¿fue el alcohol?, no lo creo, fue nuestra ira irracional por no tolerar a otra persona, quizá, más listo que uno. No lo sé, tantas cosas pasan por mi mente, que sólo pienso en estar solo y así lo hago. Me dirijo a un lugar en donde nadie me pueda encontrar y pueda seguir atormentándome con las cosas que no quiero recordar y mucho menos admitir.
Pienso que no es necesario recordar y siento que debo callar. ¿Será necesario aparentar qué no sucedió nada? O simplemente actuar como siempre. Por un momento creo que esa es la solución más correcta, pero nuevamente mi conciencia vuelve y me dice que no es lo correcto. Caramba, qué contrariedad, con el paso de las horas se me van agotando las respuestas y también las excusas para explicar lo sucedido.
No me queda otra que enfrentar las consecuencias y esperar lo que se viene. Pero qué es lo que estoy haciendo, no soy el único responsable, fue también Mireya, Antonio, Francisco, Miguel Ángel y también Guadalupe. Todos apostamos y todos participamos, así que creo que todos debemos asumir la responsabilidad de haber jugado tiro al blanco con el pobre de Antonio.
Nada más que no debimos usar esas pistolas aire, pues ahora vemos las consecuencias. Pero Antonio es más culpable pues fue él quien se ofreció para hacer de “blanco”. Al final sólo se retorcía de dolor y se negó a ir al hospital para que curen sus heridas. Qué le habrán dicho sus padres, quizá ya se están comunicando con nuestros padres y más tarde se arma la gorda; ni modo hay que esperar.

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