viernes, 26 de abril de 2013

Una relación amorosa


Un día te conocí, en dos días nos hicimos amigos y  al cabo de una mes éramos enamorados. A los dos meses tuvimos nuestra primera pelea fuerte. Nos no hablamos por un par de días, pero la reconciliación fue espectacular. Al cabo de seis meses, creíamos que nuestra relación era fuerte, pero descubrimos cierta fragilidad y trabajamos en ello y al poco tiempo creímos que nuestros temores se habían esfumado.
Poco más de los ocho meses de relación nos percatamos que estábamos cayendo en la rutina y decidimos darnos más espacio, para recobrar –según nosotros- la libertad que nos habíamos arrebatado al ingresar a esta relación. Al llegar casi a los nueve meses del inicio de esta aventura amorosa, pese a los altibajos, decidimos dar un paso hacia delante y pensamos en convivir. ¿Fue un error? No lo sé, pero soy feliz.
Al primer mes de convivencia, año un mes de relación, descubrimos que éramos tan diferentes el uno del otro, que se nos hacia difícil tolerarnos. Cada quien con sus manías y costumbres que ninguno quería dejar o simplemente no estábamos dispuestos a realizar los cambios necesarios para poder acoplarnos mejor y hacer nuestra convivencia más apacible.
A los tres meses de vivir juntos estábamos como perro y gato, pero aún así nos queríamos. A los seis meses de estar juntos la cosa mejoró y las riñas cesaron considerablemente. Parecíamos nos mininos chochos que se acicalaban el uno al otro. A los nueve meses de esta nueva relación empezaron los cambios en tu cuerpo, fuimos al médico y nos dio la buena noticia. Chicos van a ser padres, dijo el doctor y pensé: nos jodimos, que felicidad vamos a ser padres, qué miedo.

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