lunes, 26 de noviembre de 2007

El juicio de los muertos

Mi abuelo era una persona muy especial, tenía una habilidad que muy pocos tenemos. Narraba historias y durante mi infancia me contó muchas con las que me hizo conocer mundos mágicos e inimaginables que ahora forman parte de mis recuerdos.
Él se llamaba Samuel, murió hace poco más de un año, pero su recuerdo se mantiene vivo en mi memoria.
Nos reunía a todos nosotros –mis hermanos y primo- y nos hacía sentar en el suelo mientras que él descansaba en una silla. Primero nos miraba un rato y luego empezaba su relato.
En mi tierra –empezaba la historia- hay varios hechos misteriosos que quizá la mente humana no pueda explicar, pero en cambio sucedieron y los de mi generación, al menos los que quedan vivos, las recuerdan como si hubieran ocurrido hace pocos días.
Don Samuel, como acostumbraba llamarlo, era una persona singular y siempre decía que su familia era muy especial. Nos contaba que varios de sus parientes suyos tenían ciertos poderes mentales que algunos de nuestros descendientes quizá llegaría a heredar.. nada más –acotaba- que debían saberlos usar.
Uno de estos poderes era el de comunicarse mentalmente con otras personas –telepatía- así como contactarse con el mundo de los muertos –espiritismo- y entorno a este tema es que se trata la historia que me contó y que ahora a través de mis palabras él se las hace saber.
Cuando tenía 17 años, Samuel aún vivía en su pueblo natal. El caserío Polulo en la provincia de Santa Cruz, Cajamarca. Tenía una hermana mayor llamada Amanda, que se había enamorado de un joven apuesto e hijo de uno de los hacendados más pudientes de la zona.
Su padre, don Emilio, también era hacendado pero sus tierras no alcanzaban ni la tercera parte de las que poseía el padre de la joven, del cual su hija estaba profundamente enamorada y quien había correspondido desde el día en que se conocieron; ese amor era puro y limpio. Eran muy jóvenes cuando eso sucedió. Ella tenía quince años y el apenas llegaba a la mayoría de edad, 18 años.
La relación entre ellos se tornó apasionada y duró por muchos años hasta que disidieron formalizar el compromiso y fijar fecha para contraer nupcias. La noticia cayó como una bomba, pues se trataba de la unión de dos familias poderosas. La de él por la cantidad de tierras y dinero que poseía, mientras la de Amanda, por el liderazgo que ejercían en toda la región.
Don Emilio era una persona justa, que se encargaba de luchar por los necesitados y pese a ser hacendado, no muy adinerado, todos lo respetaban y su palabra se había convertido en ley. Todos lo sabían, inclusive, los padres de Andrés, el prometido de Amanda.
Mi abuelo me contó, que su padre tomó las armas para defender su tierra durante la guerra peruano-chilena de 1879. En ese entonces tenía 18 años, y hacía poco tiempo que había heredado la hacienda de sus padres, así como de haberse casado y de tener su primer hijo al que llamó como él Emilio, luego vendría 15 retoños más, de los cuales sólo vivieron nueve. Mi abuelo era el antepenúltimo pues nació en 1905.
Amanda era una mujer muy hermosa. Don Emilio, era hijo de españoles que llegaron a la serranía peruana a explorar las tierras. El se casó con una lugareña hermosa, de la que decían era la rosa entre tantas espinas. Esto había ocasionado los celos en varios vecinos que siempre buscaron la manera de vengarse por haberles arrebatado el amor de la bella joven.
La noticia de la unión de estas dos familias se conoció en todo Cajamarca y trascendió a nivel nacional, ya que se trataba de la hija de un caudillo que se había enfrentado al gobierno y le había ganado. La lucha había durado años y nunca fue vencido; había formado un ejército que peleó por mejoras para los campesinos y al final las había logrado.
El día y la fecha para formalizar el compromiso se había fijado. Iba a ser el 12 de abril de 1922 y la boda sería en el mes de diciembre del mismo años, aunque esta fecha sólo la conocían los familiares más cercanos y, por supuesto, los enamorados. Tanto la familia de Andrés como de Amanda se empeñaron para que la reunión sea sólo familiar y ninguna otra persona ajena a ellos participe. Emilio, no quería que gente del gobierno se infiltrara y les haga daño. Con el transcurrir de los días todos los preparativos estaban casi terminados y sólo esperaban que llegue el día de la recepción, en donde se anunciaría la formalización del compromiso y también la fecha de la boda.
Todo estaba listo y la pareja se veía cada vez más feliz y unida. Eran la envidia de muchos entre ellos la de un hombre que aparentaba ser una buena persona, pero nadie conocía el lado oscuro de su corazón que sólo buscaba hacer daño a la pareja. Desde que se supo que Amanda y Andrés se iban a casar comenzó a preparar todo un plan para hacer desdichada a la familia de los amantes. Para ello, contrató a matones de otros lugares y les hizo llegar hasta Polulo para que conocieran a los enamorados. El contrato, firmado con letras de sangre y sellado con el silencio, era por la muerte de uno de ellos. No interesaba quién fuera, sino que uno de los dos muera de la manera más cruel que se pueda.
Los sujetos aceptaron el trabajo y después de estudiar bien a la pareja de enamorados escogieron la víctima y el lugar donde cometerías el brutal crimen. Buscaron un escondite para perpetrar el trabajo, pues según estipulaba el contrato, este oscuro personaje quería participar de la tortura a la que iban a someter a la víctima, pues quería ser la última persona que deseaba ver con vida y ser también el único en verlo morir.
Antes de partir, el sujeto les hizo notar que su preferencia era tener cerca a Amanda, pues quería disfrutar de su virginidad y ser el primer y único hombre que haya conocido en su existencia. En un principio los matones aceptaron e hicieron los arreglos, pero luego de una larga conversación entre ellos decidieron dejarla a un lado y prefirieron victimar a Andrés, el novio amante. Se apiadaron de ella, pues muchos recordaron a sus esposas e hijas y no quisieron que una inocente joven caiga en manos de un depravado cuyo motivo para hacer el mal era el goce que sentía con el sufrimiento ajeno.
La fiesta ya estaba organizada y quedaban dos días para formalizar el compromiso. El día anterior a la ceremonia de formalización, Andrés y Amanda se reunieron y como presintiendo que algo los iba a separar se juraron amor eterno.
El joven enamorado, sentía que su muerte estaba cerca y antes de partir a su hacienda le dijo que pase lo que pase, ella debía saber que el amor que sentía era puro y sincero, que se sentía el hombre más dichoso por haber sido correspondido con un sentimiento igual de fuerte y apasionado. Algo le decía a ella, que sería el último beso que recibiría de su amado y su corazón latía apresuradamente como advirtiéndole que no lo deje partir. Quiso aferrarse a él y retenerlo, o pedirle que se quede a dormir en su casa, pero calló. Sabía que debía dejarlo continuar su viaje y cumplir con su destino. Fue la última vez que lo vio con vida.
Andrés emprendió el camino de regreso a casa. Montó su caballo y mientras se alejaba al galope, volteó, miró por última vez a Amanda y continuó su viaje hacia la muerte.
El camino que debía recorrer era largo, de casi una hora de camino a caballo. Era ya de noche y no temía nada, pues se trataba de un pueblo pequeño donde todos se conocían y nunca sucedía nada fuera de lo común.
Pero esa noche todo cambiaría, nada sería igual.
Amanda fue a dormir sintiéndose extraña, como si algo le apretara el corazón hasta hacerla desfallecer. Después de muchas horas de insomnio logró conciliar el sueño. Pero una vez que cerró sus ojos comenzaron a llegar a su mente una serie de imágenes que por unos instantes se tornaban borrosas. Era un hombre que gritaba su nombre. Estaba malherido y unos sujetos lo torturaban, no podía ver los rostros de las personas que estaban en su sueño. Notó que uno de los sujetos estaba parado a un lado riéndose, gozando de tan macabro y cruel espectáculo, mientras que los asesinos cumplían con el infame contrato.
Vio como era sometido a una serie de vejámenes hasta que finalmente, uno de ellos lo victimó de un disparo en la cabeza. En ese momento Amanda despertó gritando y llorando, sus padres corrieron hasta su habitación para averiguar lo que le estaba sucediendo. Nieves, su madre, corrió hacia la cama y la abrazó preguntándole qué le pasaba, mientras su padre, escopeta en mano, revisaba el lugar y ordenaba a su capataz que junto a un grupo de hombres armados busquen por todo lugar la presencia de extraños y así se hizo.
Después de unos minutos Nieves logró calmar a Amanda y fue entonces cuando ella reveló la pesadilla que había tenido. Todos sabían que no se trataba de algo bueno, en especial cuando faltaban pocas horas para la fiesta de formalización del compromiso.
Sus padres sabían que algo malo había sucedido pero no intuían lo que era. Ellos también habían tenido ese presentimiento, inclusive Nieves, había tenido ciertas visiones, las que todavía no terminaba de entender pero quería descifrar.
Al amanecer, en la casa de Amanda iniciaron los preparativos para que no haya ningún contratiempo. Sólo serían familiares, ninguna otra persona asistiría.
Casi a mediodía llegó el padre de Andrés, don Fernando, preguntando si lo habían visto. Indagó entre la servidumbre y dueños de casa, pero siempre recibió la misma respuesta, que no lo habían visto desde la noche cuando se despidió de Amanda y montado en su caballo se dirigió a casa.
Don Fernando estaba preocupado pues no había llegado a dormir y pensaba que debido a lo tarde que era se había quedado a descansar en la casa hacienda de don Emilio. Regresó de inmediato y les dijo que para la noche estarían todos juntos celebrando por la unión de las dos familias.
Doña Nieves sabía que eso nunca ocurriría, pues sus presentimiento le indicaban que el joven no se presentaría a la cita fijada y al final tuvo la razón. Dieron las siete de la noche y nuevamente regresó don Fernando a la hacienda de don Emilio, pero esta vez para informar que Andrés se encontraba desaparecido y que había ordenado una búsqueda incansable hasta que lo encuentren.
Todos, incluyendo a don Fernando, pensaban que Andrés había huido para eludir el compromiso, pero Nieves y Amanda sabían que algo peor había sucedido. La fiesta fue cancelada y todos ayudaron en la búsqueda. Don Emilio había prometido que si lo encontraba primero lo iba a matar, pero luego de conversar con el padre del muchacho llegaron al acuerdo que los dos esperarían en la hacienda de don Emilio, hasta que haya noticias.
Pasaron tres días y nadie dio noticia alguna. No hallaron rastros del caballo o de otros lugares donde pudiera haber ido. Don Fernando estaba preocupado, pues todas sus pertenencias estaban en casa y sólo se había llevado un caballo y una muda de ropa. No tenía dinero, por lo que estaban seguros de que no había huido. Esta deducción le preocupó más, pues comenzó a temer lo peor.
Quizás unos bandoleros lo habían asaltado y él se había defendido y lo habían dejado malherido. No quería pensar que su hijo estaba muerto. Redobló la búsqueda, pero esta vez ayudado por los hombres de don Emilio, quienes dos días después –ya había transcurrido una semana- regresaron con la noticia de que habían encontrado el cadáver de una persona.
El cuerpo estaba completamente desfigurado e hinchado. Estaba irreconocible pues unas aves carroñeras habían devorado los restos. Hasta el lugar acompañado por don Emilio, llegó don Fernando para reconocer el cadáver. Sólo al mirarlo supo que era su hijo. El cadáver estaba en el interior de un canal. Los trabajadores lo sacaron del agua, uno de ellos se acercó y le murmuró al oído de que al parecer se trataba de Andrés. Don Fernando cerró los puños y ajestó el rostro. Pero, pese a ello les dijo que voltearan el cuerpo ya que quería verlo.
A paso lento y siempre acompañado por don Emilio, se acercó hasta donde estaba el cuerpo. Lo miró fijamente y no podía reconocerlo, pues su rostro estaba desfigurado debido a los golpes que había recibido y a la descomposición del cuerpo. Pese a ello lo revisó minuciosamente, quería estar seguro de que no era su hijo, quería pensar que se trataba de cualquier otro infeliz que fue asaltado y cruelmente asesinado por unos ladrones, pero al revisar uno de sus brazos encontró una vieja cicatriz que Andrés se hizo cuando adolescente. Trepando un árbol se había caído y clavado una astilla la que él mismo le había quitado utilizando un cuchillo que luego se lo regaló y que en ese momento, vio que colgaba de su correa.
Pese a estas evidencias no quería aceptar que era su hijo, así que continuó revisando, hasta que en su mano derecha encontró algo que revelaba su identidad. El aro de matrimonio entregado poco antes de morir por Juana Rosa, abuela de Andrés, la que había muerto unos meses atrás, y antes de exhalar su último suspiro se lo dio y le pidió que lo llevara por siempre. Don Fernando rompió su silencio con un grito lastimero y tuvo que ser sujetado por don Emilio, pues se dejó caer al suelo.
El hombre estaba deshecho por ser él quien verificó que era su hijo el que yacía muerto en el canal. ¡No puede ser! Exclamaba una y otra vez, ¡Hubiera preferido que se escape y no esté muerto!, gritaba.
Don Emilio, ordenó a los hombres que lleven el cadáver a su casa y que avisen a la gendarmería de lo que había sucedido. Mientras que él y un grupo de trabajadores llevaban a don Fernando hasta su hacienda para dar la mala noticia al resto de la familia.
No bien los divisaron, corrieron hasta la puerta a esperarlos. Todos estaban con el rostro pálido, pues ya se habían enterado de la noticia del hallazgo del cadáver y temían lo peor, aunque tenían la esperanza de que se trataba de otra persona.
La esposa de don Fernando y sus hijos al ver a su padre con el rostro desencajado por haber llorado como un niño, supieron que era Andrés el muerto del canal.
Antes de que Emilio o el propio Fernando digan algo, todos estaban llorando.
¡Es él!, dijo la hermana mayor de Andrés y tanto Emilio como Fernando afirmaron con un movimiento de cabeza.
Luego de dejar al compungido padre en su casa, con el cuerpo, Emilio, emprendió viaje a su hacienda para dar la mala nueva a su esposa e hija.
Cuando llegó la noticia ya estaba dada y encontró a Amanda llorando desconsoladamente y su madre, Nieves, intentaba consolarla, pero sus intentos eran inútiles. Amanda lloraba y lloraba; no pronunciaba palabra alguna.
La búsqueda terminó y de haber estado atrás en los preparativos de una fiesta de compromiso ahora preparaban los funerales de uno de los novios. La gendarmería llegó al día siguiente para hacer las investigaciones, pero sólo se quedaron unas horas y luego de fueron. Todos sabían que no iban a hacer nada por buscar a los criminales.
La primera noche del velorio, Amanda llegó acompañada de sus padres y hermanos, entre ellos Samuel. Don Fernando, la abrazó fuertemente y le pidió perdón por no haber cumplido la promesa de encontrarlo sano y salvo para que asista a su fiesta de compromiso y puedan fijar la fecha de la boda. Ella permanecía muda.
Era muy tarde cuando se disponían regresar a casa Amanda y su familia; don Fernando les ofreció hospedaje y le pidió que se queden a acompañarlo.
Acondicionó unas habitaciones para sus invitados y destinó la habitación de Andrés para Amanda. Le dijo que quería que estuvieran por última vez cerca de él. Ella aceptó y una vez que Fernando se retiró, ella se echó en la cama y comenzó a llorar hasta quedarse dormida.
Esa noche volvió a tener el mismo sueño del día que Andrés había desaparecido. Pero esta vez pudo ver el rostro de la persona torturada de su Andrés, del prometido que nunca llegó a formalizar el compromiso nupcial. También vio el rostro de los asesinos, pero no pudo distinguir la cara del oscuro personaje que gozaba con su sufrimiento. Luego, en su sueño, Andrés le hablaba directamente a ella y le decía: ¡Me han matado!, ¡Me han matado!, tienes que hacer que mi padre hable conmigo y tú tienes que mirarme a los ojos pues ellos te dirán quien es mi asesino, luego yo diré quienes fueron mis ejecutores.
Ella se levantó asustada por el sueño que había tenido. Se mantenía tranquila y después de recordar lo que Andrés en su sueño le había dicho, decidió hablar con don Fernando. Después de buscarlo por toda la casa, lo encontró en las caballerizas con su padre, Emilio, y le contó el sueño que había tenido.
Fernando y Andrés se miraron fijamente, luego le preguntaron si estaba segura de lo que estaba diciendo y ella respondió que sí.
La acompañaron a la casa y le pidieron que vaya a su habitación, que en unos minutos irían por ella. Luego se escuchó que sólo se llamaban a unos empleados y pedían que desalojen el salón donde estaba el féretro con los restos de Andrés. También le dijo que le pida a los más recios de carácter que se queden, pues iban a necesitar testigos de lo que iba a acontecer en esos instantes.
Amanda, extrañada por lo estaba escuchando, se acercó a su padre y le preguntó qué era lo que sucedía y qué pretendían hacer, pero éste le respondió que vaya a su habitación y que espere allí. También le dijo que se cambie de ropa y se ponga las prendas que uso él día que vio por última vez a su amado.
Ella le dijo le dijo que estaban en su casa y sin perder tiempo dio instrucciones para que una de las criadas vaya por ellas. Era la una de la madrugada. Dos horas después todo estaba listo. Amanda lucía el mismo vestido con el que se despidió de Andrés, un día antes de su muerte.
Fernando y Emilio se dirigieron hasta el salón donde se velaba el cadáver y revelaron a los que estaban presentes lo que estaban a punto de hacer. Todos se quedaron sorprendidos y hubo quienes decidieron no estar presentes, otros aceptaron y permanecieron de pie recostados contra la pared, fumando cigarrillos, otros mascaban hojas de coca para darse valor.
Luego llamaron a Amanda y le dijeron que Andrés, por el profundo amor que le tenía, se había comunicado con ella, pues sabía que tenía un don especial y que a través de ella él revelaría el nombre de su asesino y ellos a través de un viejo ritual atraparían a los demás criminales. Pero para que eso suceda, ella debía mirar a los ojos de Andrés, que debía ser fuerte, pues no se trataba de la persona que conoció en vida, ya que estaba desfigurado.
Amanda cobró valor y se acercó hasta el féretro, el mismo que habían destapado. Quedó horrorizada de ver cómo había quedado el cuerpo de su amado. Le abrió los ojos y mirándolo fijamente fue atacada por una serie de imágenes que la perturbaron y asustaron, pero se mantuvo firme y soportó todo el horror por el que había atravesado Andrés. Eran las imágenes de su asesinato y de los rostros borrosos de sus asesinos, hasta que llegó la imagen del sujeto que gozaba viéndolo sufrir y que había pagado para que lo mataran.
Lo pudo ver claramente y gritó su nombre: ¡Amador Fernández, es mi asesino!. Luego Amanda Cayó desmayada. Inmediatamente fue atendida por su madre y parte de la servidumbre.
Todos los asistentes estaban aterrados del espectáculo que habían visto. Después de esto todos tomaron aguardiente en gran cantidad, pues sabían que venía la peor parte.
Emilio y Fernando habían enviado a un grupo de hombres armados hasta la casa de Amador Fernández para que lo detengan y lo lleven hasta la hacienda para que responda ante el muerto por el crimen cometido. El salón se mantenía en silencio y sólo el ruido del viento y de los insectos se atrevían a romper el silencio; mientras tanto nadie abandonaba sus lugares y esperaban el desenlace, del juicio en donde el principal testigos era la propia víctima.
Una hora después, los hombres de Fernando y Emilio llegaron a la hacienda con el asesino y le obligaron a mirar el cadáver. Luego, don Emilio se paró delante del féretro y dirigiéndose a los asistentes y mirando el ataúd dijo: “Hoy se inicia un juicio que va más allá de la vida terrena, pues el acusador y único testigo es un muerto. Y aquí tenemos al acusado a quien le daremos el derecho de defenderse”.
¿Dónde están las monedas? Preguntó don Emilio y don Fernando dijo: ¡Aquí están! El rostro de Amador Fernández palideció y pidió que no hagan nada, que se declaraba culpable, pero no le hicieron caso y prosiguieron. Empezó a llorar y chillar y forcejeaba para soltarse de sus captores, pero no pudo lograrlo. Sabía que iban a tomar venganza, pero la querían de inmediato, pues querían atrapar a todos los responsables del crimen.
Si me van a matar de todas maneras –replicó Amador Fernández- está demás que hable. Acepto mi culpa, acotó, pero continuaron con el rito.
Don Fernando delante de todos dijo: “Estas monedas de plata que colocaré en la boca de mi hijo, bajo su lengua, es para pagar al barquero de la muerte para que por unos momentos lo traiga de vuelta y pueda acusar a su asesino. Estas cuerdas con las que voy a atar sus pies y manos son para que cuando revele el lugar donde fue asesinado y el nombre de sus victimarios, éstos no puedan escapar y se queden en el mismo lugar hasta que los apresemos”.
Acto seguido, se paró frente al ataúd. Rezó un Padre nuestro, un Credo y un Ave María. Una vez terminado cedió el lugar a don Emilio, quien haría las veces de intermediario, entre el mundo de los vivos y de los muertos. Uno de los trabajadores se acercó y le entregó un látigo y diciendo en tono enérgico: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te ordenó que despiertes y respondas las preguntas que voy a hacerte”, e inmediatamente comenzó a azotar el cuerpo con el látigo. ¡Despierta, te ordeno que despiertes!.
De repente se sintió un viento frío que invadió la casa. La noche era clara, estrellada y hacía calor. Se miraron unos a otros y después de unos segundos se escuchó una voz de ultratumba que gritaba: ¡Aquí estoy! ¡Qué es lo que deseas!. Emilio le preguntó: ¡Eres tú Andrés Villacorta Mego!, ¡Responde! Hubo una pausa y nuevamente se escuchó la tenebrosa voz que decía: ¡Sí, soy yo! ¿Sabes por qué te hemos despertado? ¡Sabes que queremos de ti? Y de pronto la voz de ultratumba, contestó Sí. Quieren que señale a mis asesinos. Rápidamente Emilio, azotando el látigo contra el féretro le ordenó que los revele. Después de un largo silencio se escuchó: Simón Bernal, Armando Bardales y Justo Samamé. Rápidamente el interrogador inquirió de nuevo: y la participación de Amador, y la voz nuevamente respondió: él lo planeó todo, el me mandó matar ¡asesinó! Grito desde ultratumba.
Todos en la sala estaban aterrados, nadie atinaba a moverse con tan macabra revelación. Los que estaban en la habitación estaban presos por el miedo, pero se mantuvieron firmes y nadie huyó, todos se quedaron hasta el final y fueron testigos del juicio.
Emilio, estaba abrumado, pero supo seguir. Unos minutos después, luego de beber una media de aguardiente, Emilia continuó con su interrogatorio. Tus asesinos, ¿sabes en dónde se encuentran? Hubo silencio, la voz parecía que se había ido. Emilio cogió nuevamente su látigo y azotó el cuerpo hasta que consiguió respondiera. Están en las cuevas de Ninabamba, escondidos esperando me entierren. No pueden salir, siguen ahí.
Inmediatamente los hombres armados que esperaban salieron corriendo en busca de los homicidas. Extrañamente la voz comenzó hablar sin necesidad de castigo y flagelo y decía: Estoy cansado de este sufrimiento, déjenme dormir. Estoy cansado de llorar y de que nadie me escuche. Estoy cansado de llamarte y que tú no me respondas, ¿por qué Amanda te has quedado callada? ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Amanda que se había mantenido callada y sentada en una esquina, se levantó lentamente y con pasos pausados se fue acercando hasta la mesa en donde se encontraba el ataúd con los restos de su amado. Al llegar escuchaba un susurreo incesante y no podía entender las palabras que decía. Acercó su oído a su boca y por fin escuchó lo que decía: adiós, adiós, adiós, te extrañaré, te extrañaré, te extrañaré, adiós. Y la voz se silenció.
Poco después llegaron los hombres de Emilio con los sujetos. Habían enloquecidos. Uno de los peones, le contó que cuando llegaron a la cueva, todos intentaban escapar, pero que una fuerza extraña los retenía. Ellos no vieron nada, pero los sujetos aseguraban que era el muerto que había llegado a tomar venganza. Llorando, contaron su crimen y pidieron clemencia, pero Fernando no se las dio. Ajustició a los criminales y expuso sus cuerpos en la plaza principal del pueblo. Luego huyó pues se convirtió en criminal y era perseguido. Por años fue perseguido y nunca fue capturado. Su familia mantuvo sus propiedades y creció haciéndose fuerte. Amanda encontró la felicidad y formó una familia. Por largos años, el juicio de los muertos estuvo en las bocas de todos los vecinos y se convirtió en una leyenda, de la cual hasta nuestros tiempos se habla.

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