martes, 25 de diciembre de 2007

Confesiones de una pulga: El almuerzo

Eran cerca de la una de la tarde. Silvana se apresuró en cambiarse para acudir al llamado de su madre para el almuerzo. El sujeto que se encontraba parado en la ventana también salió corriendo, pues se supo descubierto.
Mientras tanto yo no encontraba la forma de cómo poder alimentarme. De cómo acercarme hasta ella para poder succionar un poco de sangre de cualquier parte de su cuerpo. Después de tanto padecer creo se dio un golpe de buena suerte. La guapa Silvana había colocado su falda cerca de donde me encontraba, por lo que se me hizo fácil, de dos grandes saltos, llegar hasta ella y encontrar el camino hacia el sagrado alimento. No soy un vampiro por alimentarme de sangre, pero esa es mi naturaleza.
Esperé pacientemente hasta que por fin ella se colocó la falda. Estaba por fin en un oasis y lo mejor de todo es que era para mí sólo. No debía compartirlo con nadie. Sin provocar ningún tipo de estrago en la suave piel de Silvana, comencé a buscar una zona en donde colocarme y empezar a comer. No sabía en qué parte colocarme, hasta que por fin decidí ir hasta el ombligo. Allí estuve por varios minutos y ella no sentía nada. Me perdí en el paraíso hasta que algo interrumpió de manera abrupta, mi alimentación. Unas extrañas manos recorrían el cuerpo de Silvana. Por un momento me asusté pues creí me habían descubierto, pero no fue así. Sentía que Silvana estaba agitada y su respiración aumentaba cada vez de acuerdo a como las manos del sujeto con el que estaba, recorría ciertas partes de su cuerpo. Tocaba con suavidad su espalda y con fuerza sus nalgas. Eso a ella la hacía emitir pequeños quejidos que alocaban a su pareja. Sus pechos estaban firmes y sus pezones erectos y parecía que Silvana estaba perdida y a merced del desconocido.
La joven estaba excitada y el pata con el que se encontraba la sabía manejar. Por un momento pensé que la niña estaba a punto de convertirse en mujer, pero no fue así. Silvana de un solo empujón lo hizo alejarse. No pude entender bien lo que dijo, pero ella empezó a correr hacía la casa. Allí rió bajo y subió a su habitación y se tiró en la cama. Estaba feliz, estaba logrando lo que tanto deseaba. Había empezado su juego de seducción y su víctima, o mejor dicho su presa, ya estaba seleccionada. Peor aún, ya había comenzado a ser domesticado para luego ser sacrificado, por esa fiera mujer.

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