No recuerdo como empezó, pero el final de la historia fue tórrida y al mismo tiempo placentera. Laura es una joven de unos veintitantos años. Es alta y esbelta. De grandes ojos negros y cabellos del mismo color. Tenía una mirada penetrante que parecían calaban en el alma cuando te miraba fijamente.
Es guapa y atractiva por el carácter fuerte y determinado que tiene, pero nunca pensé que en tan sólo unos minutos de locura sucedieran tantas cosas. Pero bueno, iremos al grano. El sábado por la noche, acordamos un grupo de amigos ir a una discoteca de propiedad de Carlos un amigo al que no habíamos visto desde hacía un tiempo, pues se había dedicado a sacar adelante su negocio y por cierto le iba muy bien.
Llegamos al local cerca de las once de la noche. Laura se apareció con un tipo al que nunca habíamos visto. Cuando lo presentó dijo se trataba de un amigo de la universidad, pero todos nos miramos pues casi todos había estudiado en la misma U. Nos pareció raro, pero al final se unió al grupo y rápidamente se hizo a nosotros. Se le veía era un buen pata, hasta ese momento.
Con el paso de las horas y también de los tragos, todos comenzamos a hacer un poco de locuras. Zoila por ejemplo, se subió a una mesa y empezó a bailar una poderosa canción de Sting. Oswaldo se tomó dos vasos de cerveza seguidos, pero nadie se imaginó que Laura se tiraría al ruedo y haría algo osado.
Se levantó de su asiento cuando pusieron la canción principal de la película Nueve semanas y media, sí esa misma, en donde la guapa Kim Basinger hace uno de los bailes más sensuales y eróticos en un filme, empezó a bailar. Ella tenía un vestido rojo con escote que combinaba con su esbelta figura y su cabello negro largo. Todos pensamos que se trataría de un baile sensual y nada más, pero fue algo más.
Laura, se contorneaba eróticamente que a todos nos dejó con la boca abierta. Movía sus caderas de un lado a otro y sensualmente subía sus manos hasta sus pechos. Había silencio entre nosotros, pero el resto de la gente que estaba en la discoteca la alentaba a seguir con su baile sensual. Para ella en ese instante, sólo estaba la música, la mesa y el baile. Carlos se me acercó y me dijo que hiciera algo por controlarla, pero para ser sincero no pude hacer nada hasta cuando ella terminó ese baile erótico.
Me acerqué a ella y la bajé de la mesa diciéndole que estaba ebria y que la llevaría a su casa. Me quedó mirando con sus grandes ojos negros y penetrantes, que por poco y casi me vencen. Ella me dijo: No quiero ir a mi casa, vamos a otro lado, quiero que me pase un poco la borrachera. La subí a un taxi y nos fuimos a un restaurante en el cual siempre nos reunimos toda la mancha de amigos. Ella por unos minutos estuvo en silencio, hasta que comenzó a llorar. Me dijo que se sentía avergonzada por lo que había hecho, pero que debía hacerlo. Le pregunté el porque y simplemente me respondió que estaba pagando una apuesta que había perdido con el sujeto con el que había llegado acompañada. Era el bailar encima de la mesa o acostarse con él y ella había optado por la danza sensual.
No podía tener relaciones con él porque es el esposo de una de mis amigas de trabajo, dijo, pero debía pagar la apuesta. Le pregunté qué había apostado y me dijo me contentara con saber que había sido una apuesta. Rápidamente cambiamos de tema y de un momento otro terminamos hablando de lo que me pasaba a mí y como estaba mi vida amorosa, que por cierto en ese momento estaba hecha una calamidad pues había terminado con mi pareja. Estuvimos hablando largo rato, no supimos cuanto tiempo en realidad, pero al final terminamos en su casa y en su cama haciendo el amor. Algo sucedió ese día. Algo nos conectó de tal manera, que desde esa noche esa casa, esa cama y ese cuerpo me pertenecen y por más que alguien quiera entrar, al admisión es reservada.
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